27 de abril

Autor: Nicolas Friedmann

     Fue hace cinco años, lo recuerdo bien. Son esas fechas que van apareciendo periódicamente en la vida. Hace cinco años, un 27 de abril, habían pasado cinco años desde que dejamos de vernos. La llamada fue de Gustavo, y nos citó a todos en el bar de Gallo y Paraguay, a las seis, y eso me dejó un poco desorientado, por la familiaridad del lugar conocido.

     En el bar de Gallo y Paraguay nos juntábamos todos los viernes, y desde ahí armábamos y desarmábamos nuestros mundos y el de los demás con una facilidad pasmosa: problemas, alegrías, proyectos de usar y tirar y algunos serios, amores...

     No pude dejar de sentir miedo antes de entrar. Por suerte fui el primero, y pude recorrer con la vista el lugar que era (que fue) nuestro. Ya no estaba el Gallego, por lo visto, aunque todo seguía igual. Me senté en la mesa de siempre, la de la ventana a la calle Paraguay, a sentir el ruido de coches de la calle. Pedí un café y encendí un cigarrillo. Al rato entró Paula y me reconoció enseguida. Yo también, a pesar de que había dejado el rubio por su castaño natural en el pelo. Eso me pareció. Me saludó de forma efusiva y después nos quedamos en silencio unos minutos.

- Estás igual.- me dijo.

- Vos no, pero te queda mejor.

     Me estaba por contar algo de su actual pareja cuando entró Esteban. Iba trajeado, serio, y más delgado que nunca. Nos abrazamos.

     En verdad no sabíamos qué decirnos, así que dejé la iniciativa a Paula, que eso de decir boludeces para romper la distancia se le da bien.

     A los diez minutos (diez después de las seis) entraron Fernando y Mariela, y antes de saludarnos nos dijeron que se habían casado hace tres años, pero como decidieron no hacer fiesta ni nada de eso, no nos avisaron. De todas maneras, creo que no nos hubieran llamado.

     Pasaron varios cigarrillos hasta que, poco a poco, nos fuimos reconociendo, recordándonos, rehaciéndonos. Pero Gustavo no llegaba.

 - ¿Estás seguro de la hora?

- Sí, a todos nos dijo a las seis, no?

     Fuimos recorriendo los diferentes caminos que había tomado cada uno. O por lo menos es lo que me fue quedando de la conversación.

- Cuando terminé la carrera...

- Ah, pero la terminaste. ¿Cuándo?

- Hace dos años. Imaginate, Licenciada Paula Páez. ¿Qué tal?

- Si yo hubiera seguido en Ingeniería...

- No te comas la cabeza, Fer, si lo hubieses querido de verdad, lo hubieras hecho.

- Che, pero es genial, tenemos entre nosotros a toda una licenciada en Psicología. ¿Y vos Esteban?

- Yo sigo en la oficina. Ahora soy jefe de compras.

     A estas alturas ya éramos un poco más los de antes. Nos veíamos distintos pero con las mismas cosas de siempre. Es difícil de explicar, tal vez la forma de hablar o algún tic, eso que dice que estás charlando con esa persona a la que habías conocido. Y Gustavo que no venía.

- ¿Por qué tarda tanto?

- El muy hijo de puta nos la está jugando otra vez.

- Mirá, Esteban, si no tenías ganas de venir, no hubieses venido. Por un rato podemos olvidarnos de lo que pasó, ok?

- Vos siempre lo perdonaste. Te dije que estaba enamorada de él.

- Y vos siempre el mismo pelotudo.- Paula se puso colorada.

- Bueno, basta.- dije. Nunca se me dio bien el mandar a los otros, pero me estaban poniendo nervioso. Pedí un Jim Bean y Mariela me tiró la pregunta.

- ¿Y vos, Agus, seguís escribiendo?

     Son esas preguntas que te revientan, pero que después las pensás en frío y tienen su lógica.

- Claro. ¿Qué querés que haga?

- ¿Y estás con alguien ahora?

- Sí.

- ¿Es linda?

- Es lindo.

     Silencio sepulcral.

- Soy homosexual.- pocas veces me había costado tanto decirlo.

     Pasaron unos minutos de silencio que parecieron años. Paula se sintió obligada a decir algo.

- Agus, para mí seguís siendo el mismo.

     Yo no contesté. Esteban, que desde ese momento no volvió a mirarme a los ojos, nos recordó que Gustavo todavía no había llegado. Nos preocupamos.

     Fernando propuso llamarlo por teléfono, pero ninguno tenía un número donde localizarlo. Nos resignamos a esperar.

- ¿Por qué nunca nos dijiste nada?- me preguntó Mariela.

- Nunca me lo preguntaste.

- Te estoy hablando en serio.

- ¿Querés que te hable seriamente? Creo que nunca fuimos del todo sinceros entre nosotros. Para mí era algo complicado y no sentía la suficiente confianza.

- Pensé que éramos muy amigos. Todos.

- Y yo también. supongo que éramos algo inmaduros. Y nuestra amistad fue lo que fue.

- Y así terminó.- agregó Fernando.

- Todos sabemos qué es lo que pasó. Pero nunca lo hablamos abiertamente.

No sé por qué justo en el instante en que una persona se propone decir algo fundamental, muchas veces pasa algo y se pierde. Por fin éramos nosotros mismos, pero en ese momento una persona desconocida se acercó a la mesa y preguntó por Fernando (¿el señor Fernando Pagani?, dijo). Le (nos) entregó un sobre. Nos quedamos mudos y el desconocido se fue antes de que reaccionáramos. Esteban agarró el sobre y lo abrió.

- Gustavo.

- ¿Qué es? Leé!- Paula se puso nerviosa. Yo también.

     Esteban tosió para aclararse la garganta o para darse tiempo. Se puso las gafas.

     "Queridos Paula, Mariela, Fernando, Agustín, Esteban. Me van a tener que perdonar por última vez el hecho de no estar ahora con ustedes. Decidí unirlos porque así me los imagino, en el bar, discutiendo o riendo, o llorando uno en el hombro del otro. Yo sé que les hice mucho mal, y es algo que no me lo perdono a mí. La amistad que me dieron durante tantos años la desaproveché. Me comporté como un desgraciado. Ahora sé que todo el mal que les hice se volvió contra mí. Me gustaría que esto los hiciera pensar, volver a verse, aclarar las cosas.

     Ahora se preguntarán por qué hago esto después de desaparecer cinco años. Estoy desesperado y he tomado una decisión. Pero antes quiero liberar mi conciencia de lo peor que hay en mí, de lo mejor de mi vida.

     Fernando, no te guardo rencor. Tengo la imagen de cuando íbamos a la cancha los domingos después de comer en lo de tu vieja.

     Mariela, nunca dejé de quererte.

     Esteban, sé que mi daño es irreparable, pero quiero que te acuerdes de todas las horas que pasamos juntos estudiando.

     Agustín, con vos podía estar horas hablando, y nunca me enjuiciaste.

     Paula, mi hermana del alma.

     No quiero que lloren por mí. Mi vida es un infierno y por eso me voy. Cuando acaben de leer esta carta yo ya no estaré en este mundo. Quiero que esto de algún modo los una.

                   Adiós, Gustavo C."

- El muy hijoputa.- casi grita Fernando. Nos despertó del letargo, de la

ensoñación de la carta. Los miré a todos, uno por uno. Esteban bajó la vista. Mariela lloraba sin expresión. Fernando le pasó una mano por el hombro a su esposa. Yo le convidé un cigarrillo a Paula, y lo fumamos en silencio. El muy hijo de puta se había suicidado.

     Fernando se levantó y le dijo vamos a Mariela, y se fueron rápido, como escapando. Esteban aprovechó y dijo que lo esperaban y se fue también. Paula y yo nos quedamos sentados uno frente al otro, llorando en silencio.

- Andate a tu casa. Un día de estos te llamo.- le dije. Me abrazó, se sonó los mocos y me lanzó una última mirada inquisitiva que no supe descifrar. Me quedé solo en la mesa, mirando para afuera. Después me di cuenta de que la carta estaba ahí, nadie se animó a llevársela. Así que me la guardé en un bolsillo y yo también me fui. Caminé un rato largo perdido hasta que sentí hambre. Eran las diez y media. Me metí en una pizzería de la avenida Santa Fe, y mientras intentaba averiguar si el vacío que tenía adentro era por Gustavo o por los demás. Yo había estado enamorado de él, pero no lo supo nunca. Más tarde fue lo de la guita y cómo logró que todos nos peleáramos. ¿Pero fue él el que desencadenó todo eso? ¿O me sentía mal por esos amigos que entonces y ahora no podía, no pude comprender. O ellos no podían comprenderme.

     27 de abril. Hace cinco años que se suicidó Gustavo. Hace cinco años que no veo a Esteban, Paula, Mariela, Fernando. Y tengo miedo de que suene el teléfono.

 

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