Los dos mil y un siglos

Autor: Raquel Heffes

 

Tanto la noche dura un siglo como un siglo  corre de principio a fin en una sola noche. Siempre el tiempo manipulable desde su génesis, el origen en la perpetua manía de cambio que llevó al simio hasta el packman y volvió realidad a la  ficción y viceversa. Aunque la realidad vuelta ficción —hay que decirlo— supere toda realidad. Le digo a mi amiga Rahid: sugiero mantenerse en la frontera. ¿Border?, preguntó. Y bueno, sí, border, limítrofe, como quieras pero hay que negociar, la realidad estricta es insoportable. Mi propuesta es la siguiente: primer paso, constatar que efectivamente se alcanzó esa zona donde realidad y ficción se encuentran infinitamente  próximas. El lunar de Rahid en el medio de la frente la tenía clavada  a la pared. Es muy sencillo, cuesta muchísimo sostenerse en esa zona resbalosa. Segundo paso: resistir. ¿Cómo?, preguntó Rahid. Igual que una trapecista: tutú arrepollado, zapatillas de punta y aferradas a la sombrilla. Desde ese mirador podrá verse la encrucijada como una rosa de los vientos, realidad y ficción traspasadas por el tiempo y su inversa. Un triángulo de las Bermudas o la conejera de Alicia en el país de las maravillas. Las mil y una noches son ahora los dos mil y un siglos y los cuarenta ladrones de Alí Babá se multiplicaron varias veces. La montaña se abrió de verdad, sésamo ábrete y los que una vez fueron ladrones en la ficción, son hoy llaneros solitarios de la realidad: Haio Silver! Salen del centro de la tierra después de haber seguido por siglos un curso de ética. Metamorfosis sólo perceptible desde ese borde como un palco sobre el escenario. Rahid, ¿te conté que Alicia by Carroll tuvo gemelos? Gigantes. Vaya uno a saber con quién, la nena ésta se hacía muy la inocente pero estaba tan adelantada.... Unos pibes enormes, los gemelos más altos del mundo. Le costó mantenerlos, qué se les da de comer a muchachos con semejante físico, no hay nada que les baste. Estiraba la mano y cazaba lo que sea con tal de no verlos derrumbados de hambre. Amor de madre, nada más grande, hay millones de madres en el mundo pero hijos son hijos. Claro, desde tamaña altura la perspectiva a los muchachos se les iba por la tangente, imaginate que a la realidad, con lo petisa que es, siempre la pasaban por alto. Y la rabia que les daba a los ladrones...

 

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