EL LOGRO DERIVADO

Autor: Marcelo Garmendia

                                                                                            a Alejandro Mármol

 

¿Por qué elige contar un sueño, como si ese territorio frágil le perteneciese más que la tierra?

Hay flores secas, girasoles agrios: la aridez amarillo pálido de un jardín devastado. El esqueleto de un laberinto de piedra corroída permite adivinar la caída de un imperio olvidado. Supone que está ante el descubrimiento de una ruina, ante la prueba macabra de que el destino no es otra cosa que un eufemismo de la palabra extinción. Camina por las calles abovedadas palpando el silencio de las piedras. Ningún animal molesta. El sol es tan alto que no hay sombras. Escaleras paradójicas, habitaciones inexplicablemente diminutas, ventanas desmesuradas. Imagina los cuerpos, el aparente movimiento perpetuo de los cuerpos que alguna vez transitaron por entre esas paredes, seres parecidos a él, yendo y viniendo, incoherentes, cegados por la laboriosidad cotidiana. Hombres, mujeres y perros intercambiando objetos, pretendiéndoles dar vida, haciéndoles a lo sumo vivir una historia. Viviendo ellos mismos quién sabe qué historia a través de esos objetos. No imagina palabras, o las imagina ininteligibles. Este imperio, piensa, debe haber hablado un idioma extranjero. Súbitamente lo asalta una frase que, sabe, dijo Thomas Moro Simpson, el autor de Dios, el mamboretá y la mosca: "La conversación es la gran contribución del hombre al universo". Se miente y dice que quizás alguna vez en el tiempo, sentados en la tierra, recostados en esa misma pared en la que él está ahora, un joven y su hermana conversaron un su idioma de pájaros.

Un joven y su hermana, como en el cuento Cuchillos, que cree haber leído. De hecho, el libro en el que está incluido reposa ahora entre sus inanes: en la tapa aparece, reproducido sobre una transparencia, un dibujo de kirin (recuerda haberlo visto en el libro del dibujante titulado Los ángeles son las moscas del paraíso). Sobre la reproducción, impreso en letras negras ligeramente extrañas (¿cómo moscas?), se lee el título del libro: Metamorfosis (el logro derivado). Al costado derecho del dibujo aparece escrito un nombre y un apellido; los mira sin mirar, sin lograr retenerlos, como si en verdad no tuviesen ninguna importancia. Supone que ese nombre desconocido es el del ocasional compilador de los textos que contiene el libro. La supuesta humildad que suele adjudicársele al compilador, piensa, no hace más que delatar su disimulada soberbia, ¿o acaso no es un acto de suprema soberbia poner como ejemplar una red de lecturas personal, circunstancial y, en última instancia, fortuita? Cosa que no está del todo mal, se dice: ¿qué sería acaso de la literatura sin la soberbia sin razón de algunos pocos optimistas? (porque hay que ser en extremo optimista para permitirse pensarse compilador o escritor, y vertir en un papel, con convicción animal, profusos textos que, paradójicamente, suelen ser pesimistas).

Sentado en el centro de la memoria aparentemente muerta de un imperio, elige abrir el libro azarosamente. La página en la que lo abre corresponde al comienzo de un cuento que, hojeando el resto, constata es el último. Es imposible, pero elige azarosamente comenzar por el final.

Intenta leer, pero el caos de letras, ordenadas de manera ininteligibles para él, no tiene mas significado que una piedra. No es su idioma ni ningún otro idioma conocido, se dice. A diferencia de las lenguas que conoce, piensa, en esta parece no haber un orden, un mínimo indicio de patrón siquiera aparente que rija su emplazamiento en la hoja. Lo único constante pareciera ser su configuración caótica. Las letras están diseminadas en la hoja de tal manera que, al mirarlas, tiene la sensación paradójica de que su quietud (porque no se han movido, ciertamente no las ha visto moverse) aparenta un movimiento casi imperceptible pero constante.

Sabe, tiene la convicción, que esta forma de lenguaje que intenta leer es el idioma en el que hablaron y escribieron los habitantes del imperio escondido que acaba de encontrar. No hace ningún esfuerzo por traducir: simplemente intenta leer, como si acaso conociese esa lengua, como si esperara que milagrosamente, por el sólo hecho de posar su vista insistentemente en las letras, fuera a poder leerlas.

Sobre el final de la hoja, contra el ángulo izquierdo, las letras parecen amontonarse, se superponen formando una figura indescifrable, negra, en movimiento. Un movimiento real, palpable, como si la tinta acumulada contra ese vértice hubiese vuelto a su estado liquido. De hecho, la hoja ya no es blanca ni de papel, sino de vidrio, una cárcel transparente en la que se transforma perpetuamente esa gota negra, intentando, (ahora lo comprende) escapar.

Sintió una inquietud perversa, la exaltación de un vértigo inesperado atravesando su cuerpo, cuando vio que ese cúmulo negro, esa mosca (podía percibirla con claridad) finalmente escapaba del vidrio. Sonrió satisfecho, como un ladrón con el fruto de su robo en las manos, viendo volar a la mosca alrededor de su cabeza. El insecto, trazando en el aire su dibujo imposible, desataba en su cabeza el esplendor de un enigma.

Siguiendo con la mirada el vaivén irregular de esa mosca, fue componiendo, palabra por palabra, la frase con la que comenzaba el cuento. Cuando terminó de reordenar las palabras y sintió que estaba completa, se despertó.

Mercedes, su mujer, dormía a su lado. Duerme el sueño de los inocentes, pensó, y recordó la canción de Tom Waits que supo citar su amigo A.M. en uno de sus cuentos: "eres inocente cuando sueñas". Aunque quizás no sea del todo cierto, se dijo, pensando en lo que acababa de soñar. Se prometió releer el cuento, con el oscuro propósito de rescribirlo, pero refutándolo. Tal vez esa sea la única, inevitable, manera de rescribir, pensó: la divertida fatalidad de la lectura consiste en que siempre produce una mala interpretación. Recordó aquella fábula que cuenta Voltaire en su Diccionario filosófico, en los párrafos dedicados a "Abuso de la palabra: " Se detiene un viajero ante un torrente y pregunta a un labriego que ve de lejos, frente a él, por dónde esta el remanso: "ve a la derecha", contesta el campesino. A7 viajero loma la derecha y se ahoga. El campesino va corriendo hacia él y le grita: "No le dije que avanzara liada su mano derecha, sino hacia la mía ". El mundo esta lleno de estas equivocaciones.

Pensó vagamente en su amigo, en que seguramente se reirá a lo grande al saber que tiene un plagiario que, para colmo de males, tiene la descarez de intentar justificarse citando a Voltaire. De todos modos, supone que a A. M. le gustará la fábula y que sabrá comprender y perdonar sus abusos y traiciones

Su mujer, inocente o no, seguía durmiendo plácidamente. En el silencio de la noche podía sentir en sonido mínimo de su respiración. Se levantó de la cama y, desnudo como estaba, fue hasta el comedor. Buscó en su cartera el cuaderno de tapas duras. Entredormido, con letra vacilante, pero con la seguridad de quien repite lo que sabe perfectamente memorizado, escribió la frase que había logrado reconstruir antes de despertarse: ¿Por qué elige contar un sueño, como si ese territorio frágil le perteneciese mas que la tierra7

 

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