Patas Embarradas

Autor: ALEJANDRO ALDEA BAEZA               aaldea@ctcinternet.cl

  

Después de un día largo, dos tragos baratos para emprender el camino con mayor empuje. Para esto, me dirijo hacia el bar más acudido y favorito del gentío. Busco mi espacio en la barra e inmediatamente llega a mis manos... dos tragos. No es primera vez que estoy aquí y ya creo conocer bastante bien estas dos caras sonrientes que están enfrente de mí. Son tragos sin sabor, pero cuesta que pasen por la garganta con facilidad, como una espesa bruma invisible. Se siente una especie de ahogo de años que duran segundos eternos, sin embargo una vez ingeridos, no se sabe con exactitud si los tragos ya se han tomado, o se está en espera de que lleguen. Es una duda de la cual uno tiene que olvidar. Hay quienes que al no hacerlo, pasan tomando y volviendo a tomar por siempre permaneciendo estancados en este lugar. Ellos; desde sombreros de copa, a cabellos multicolores de todos los tiempos.

Al abandonar el lugar, el mismo pensamiento con el que llegué en la cabeza, florece y huye por mis labios con un grito desgarrador: ¡Que sean dos tragos de renuncia para mí!. Se les escucha a las demás personas, mientras van saliendo del lugar, cosas parecidas... cada uno pidiendo sus tragos. Trato de recuperar el equilibrio que he perdido sin darme cuenta, y trato de repetirme obstinadamente el por qué de mi venida: el primer trago es por los demás, para que se conviertan en sombras largas sin caras y el segundo, por esta puta alma en la cual nunca he creído. Y mientras me retumban estas palabras en mi cabeza y laten en cada parte de mi cuerpo, comienzo a caminar... como antes, como le he hecho siempre...

 

 

Y todo comienza de nuevo. Cada paso que he dado en el camino, se vuelve a sentir como el primero, y recuerdo cómo era el ímpetu de la felicidad. Pero ahora una pequeña diferencia lo hace todo distinto; mi mirada enfoca los alrededores. Su preocupación ha dejado de ser el trayecto que mis pies deben decidir, y ha pasado a ser, la falta de pasto en la orilla del camino. Mis ojos ciegos pueden ver la falta de cielo que se siente, la nada haciéndose presente como cuchillos que emiten cantos sin improvisación. Hay música en el ambiente, pero no se oye y las corcheas sólo huelen a lágrimas.

 

Nubes de sangre han colmado el infinito y se rinden a sus pies. Repentinamente comienza a llover, a caer semen de aquellas nubes. Escucho murmullos sin sonidos y veo las palabras pasado, presente y futuro persiguiéndose una tras la otra. La lluvia de semen quema la tierra y la pone de color negro, la esperma encuentra orificios en el suelo y nutre de estupidez lo fértil, esencial. Me han dicho algo que no logré entender. Y todo lo que veo es la nada al fin de cuentas, es increíble: ¡si hasta la propia muerte ha sido aplacada por la nada, que reina este mundo! Y veo la verdad:

La gente ha perdido el juego el día en que nacen, sumergidos en la nada que nos ofrece todo.

Hay tanta carne tirada en el piso. Prefiero llenarme los bolsillos de mierda que intentar caminar descalzo por lugares hermosos de flores fornicando. Fornicando como animales, solamente por el placer y el deseo de ser algo más que pétalos a la luz del viento. Nunca pude siquiera palpar esto, ni aún cuando solía tener la vista buena como la de un niño, cuya esencia entrega el poder de jugar con cajas de cartón convirtiéndolas en poesía. Sólo ahora lo he podido ver a través de mi ceguera. Y ya no tengo nada, ni siquiera fuerzas para odiar. Lo que alguna vez fue mi gran ventaja hacia los demás; esa hambre de querer destruir, el poder llorar de rabia, me ha abandonado por hombres más jóvenes. Jóvenes de espíritu que el mundo les pertenece... a ellos les tocará la puerta el odio, y los teñirá de banderas permanentes cómo sus propios nombres. Hoy despierto en inmundas sábanas, que me son tan ajenas como el ayer, para volver a dormir en el mismo lugar de siempre. Esto parece mas bien una condena, este puto trayecto con sus alrededores hijos de puta que me han hecho ver lo que nunca habría querido saber...

Porque al inicio de nuestras vidas fuimos mariposas, que al nacer, dedos inmundos han tocado nuestras alas. 

 

           

...y algún día terminaré por dar vuelta la espalda y huir. He visto el miedo de cerca, y aun peor, hombre vencidos, rendidos a  la mano ancha de la comodidad. Fácil es, vivir caminando por la senda llana, plana, gris... no así el vivir realmente, el ver los alrededores, como lo es el sentir de rodillas, el besar hasta la asfixia, el morir en la batalla, para seguir finalmente como un muerto en vida... herido hasta la eternidad. Me cago en los que dicen que el vivir es sufrir, aquellos seres no han buscado nada mas que frases para la inmortalidad, o tal vez una vida en otras praderas más verdes, cuando no han visto siquiera el color de una mosca en sopa de pollo ni la belleza de un pollo en mosca de sopa. El sufrir es vivir al final de cuentas... en esta vida de mierda mientras más sufrimos, mas claro vemos, más cerca estamos... más lejos... más dentro. Mis manos están cansadas de esperar un apretón digno de convertirse en mariposas, que me hagan sentir débil y sensible, quiero vivir una mentira, al menos por un minuto, que logre dibujar una efímera sonrisa en mi rostro, para después volver a pelear. Porque mi problema es que he visto a los costados del camino y me he enfrentado a lo que se encuentra allí. Por eso sé que no vale la pena levantarse a recoger la carne que mis ojos ven.

Ya he sufrido suficiente.

 

 

            Después de un día largo, dos tragos baratos para emprender el camino con mayor empuje; inconscientemente se me viene a la cabeza. Entro al bar más acudido y favorito del gentío. Busco mi espacio en la barra e inmediatamente llega a mis manos... dos tragos.

Los miro. Los devuelvo, y pido la cuenta.

 

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