ENTRE PSIQUIATRAS

Autor:ANTONIO HOLGADO SABIO

Querido Pedro:

En esta especie de confesionario que me he montado, se me ha presentando un individúo que pienso que está definitivamente loco. Es un hombre de cuarenta años que confiesa estar enamorado de una jovencita de veintidós. El tipo es de regular estatura, moreno, delgado y nervioso.

¡El pobre está hecho migas! Me dice que es director de una empresa y que, hace un par de años, llegó la muchacha pidiéndole trabajo y la admitió. En principio, según él, era de lo más dulce que te puedas imaginar. Buen cuerpo, cara lánguida y mirada soñadora.

Nuestro director creyó que había encontrado la felicidad. La niña lo miró tres veces, y él la miró otras tres. Pero más largamente. Y nuestro don Juan, que así se llama para más iri, que era, desde hacía tiempo, un hombre grave y respetable, por lo que se había ganado la confianza de los accionistas, comenzó a aligerarse de ropas y a mostrarse cada día más jovial, hasta que llegó a confundírsele con un muchachito. Y hasta le faltó poco para implantar la autogestión en la empresa que dirigía. Y todo por consejo de aquella maldita y tardía "novia".

El cuenta que estuvo totalmente volado por ella y que creyó que ella también lo estuvo por él.

"He pasado los mejores días de mi vida -me confiesa ingenuo-, aunque sabía, a ciencia cierta, que ella nunca iba a consentir vivir conmigo ni siquiera unos minutos. Pero me dejé embaucar. Y nunca perdía la esperanza."

A mi me han dado ganas de echarme a reir en su propia cara. Porque uno, parte por oficio, parte por experiencia, conoce ya de estas estratagemas. Pero me lo confesaba tan compungido... ¡Fíjate hasta donde llegan estos hombres que vemos en la calle y que parecen de piedra!

Te lo seguiré contando con palabras más o menos de él, aunque vaya metiendo, entre líneas, parte de mis opiniones.

"Mire, yo soy casado, ¿sabe?, y padre de dos hijos. Aparentemente se puede decir que soy un hombre feliz. Todo mi esfuerzo se encamina a llevar la felicidad a mi familia. Mis hijos me quieren y mi mujer también. Ella es guapa. No crea que es un escuerzo y por eso me he enamorado de esa chavala. Lo que puede pasar es que yo siempre he buscado lo imposible. ¡Nunca he estado conforme con lo que he tenido! Y es que yo pienso que mi espíritu se sale de mi cuerpo... Entonces, creo en lo imposible. En el espejismo. En...

Yo juré darle lo imposible a ella y ella no me juró nada. Pero me miraba con tal ternura que yo pensaba que me prometía otro tanto o más. Le dije varias veces que la quería y la verdad es que ella no me contestaba lo mismo. Y al poco tiempo comenzaron lo que yo suelo llamar ahora los "altibajos". Tan pronto se mostraba cariñosa conmigo como me miraba de cualquier forma, para hacerme sufrir.

Y comencé a perder un poco los estribos. La parte de talento que debía poner en la dirección de la empresa comenzó a desviármela ella, con sus constantes vaivenes. Llegué a embrutecerme de tal forma que no la veía nada más que ella por todas partes. Ella, que había captado mi debilidad, comenzó a estrechar más y más el dominio que ejercía sobre mí.

Le aguanté todas las pataletas que se le antojaron en la empresa. ¡Hasta delante de los demás trabajadores! Y así fue minando y minando mi autoridad. De esto pasó a las grescas directas conmigo. Y yo no sólo se las aguantaba, sino que me quedaba preocupado cada vez que tenía una pelea. Yo tenía la culpa. Iba a perder su cariño por culpa mía –pensaba-. Me volvía más blando y más. Hasta que todos llegaron a perderme el respeto.

Cuando reñía a los demás, ella me ponía mala cara. Y si trataba de darle explicaciones, yo tenía la culpa de todo. El mérito que me dio al principio me lo fue quitando, poco a poco. "Si yo, desde la nada, había llegado a ser director de la empresa, no era nada más que porque era un negrero y un pelota de los dueños. ¡Con esos méritos cualquiera!" –me comentaba, cuando nos peleábamos.

Y yo me fui anulando y anulando hasta convertirme en un don nadie. Si ella me hubiese ayudado, me hubiese convertido en un gran hombre. Pero, como no me quería, lo que hizo fue arrastrarme y jugar conmigo. Debió ser muy divertido para ella y para sus amistades sacarme trozos y más trozos de carne. ¡Desgraciado de mí, que me dejaba dominar! Y la cosa es que no aspiraba nada más que a su cariño. Pero así es la vida para el que se sale de las pautas marcadas. Al final termina por estrellarse. Y "el que más da es el que más pierde".

¿Y cómo cree que estoy ahora? En la calle. Les he buscado la ruina a los seres más adorables del mundo. Llevo mucho tiempo sin dormir y he pensado en suicidarme. Pero fíjese la paradoja: Mi mujer me aguanta y me consuela. Si hubiese sido ella, me hubiese alargado un cuchillo para que me clavase..."

Después de todo esto, el hombre se ha echado a llorar. Y tiene razón. A mí han dado ganas de llamarle desgraciado y de echarlo a patadas por la puerta. ¡Pero entonces tendría que quitar la tienda! ¿qué te parece a ti este hombre? Espero tu opinión.

Un abrazo,

 

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BIOGRAFIA

ANTONIO HOLGADO SABIO es malagueño y estudió Humanidades y Ciencias Empresariales. Practica la literatura por la literatura y aunque alguno de sus libros figuren la mesilla de noche de mucha gente, se considera un escritor de minorías.

 Tiene en su haber tres ciclos narrativos:

 El de la guerra y la postguerra españolas, que, aunque no las vivió totalmente, constituyen para él una especie de “alucinación mnésica”, según palabras del famoso psiquiatra y escritor Juan Antonio Vallejo-Nájera. En éste se enmarcan  novelas como “La huida de los malagueños”, “El cura de Pozoblanco” o “Rescoldos”.

 El segundo ciclo, de crítica a la  España del desarrollo, con obras como “Marbella, patria querida” o “Secuestro en al jardín”.

 Y un tercero, podríamos decir que lírico, que se inicia con “Viaje de amor a Al-Andalus” y sigue con “Cartas a Julia”, “Encuentros y fantasías” y “Relatos perdidos”, en los que se encuentran las más bellas narraciones y magistrales cuentos. De Julia dice su compañero en el relato que “agradecía llevarla arrebujadita a su vera. Y sentir sus efluvios, que hacían que se le encogiese el corazón de cariño”. O en “La muerte de un guerrillero”,  que “ Miguel, el arriero que lo iba a transportar, se cogió las solapas de la chaqueta y se guardó los ojos, para que no contemplasen aquella escena”.

 De casi toda su obra se han agotado varias ediciones.