Jeunet y Zelí

Autor: Jon Serrano

 

Todos los días despierto a media tarde. Como es habitual en alguien que trabaja por la noche. Hoy,  he estado aturdido, hasta que he desayunado dos cinzanos, y un aperitivo a bese de anchoas con pimiento verde y un vermut.  En la radio sonaba Django Reindhart. He buscado entre mis caóticas  y escasas posesiones, un pequeño libro ilustrado de Buk, que me regaló un amigo hace  poco tiempo y no consigo recordar  donde guardé. Suelo sorber plácidamente de mi copa al tiempo que ojeo al santo del vodka7up. Tras cada sorbo, el ambiente se inclina ante mí, volviéndose más y más denso y cálido y apacible. Pero hoy, el libro no aparece. Se ha vuelto invisible. Me pasa a menudo, supongo que te habrá pasado a ti también, cuando tus ojos y tu cerebro no coordinan y la cabeza omite una imagen, la del libro en este caso, y pese a que estés mirando fijamente el objeto anhelado, te es imposible verlo. Y en vez del libro,  he hallado una pequeña y polvorienta pitillera forrada de piel de cocodrilo. He apurado otro par de copas antes de ser capaz de asimilar el punzante y amargo recuerdo que la pitillera acarreaba consigo. Como un pescado moribundo cubierto de miel y de moscas, golpeándose, a cada convulsión contra mi cabeza aun adormecida. Por eso, trataré de relatar a  continuación todo lo que de forma repentina ha aflorado en mi memoria, con la única intención de derramar sobre el papel, esa sensación tenebrosa que me produjo aquel encuentro.

 

Conocí a Zelí el 14 de Febrero de 1995 en un tren que nos habría de llevar de San Sebastián a Barcelona. Era un día cargado de humedad. Azul, frío, y limpio. Yo tenía sueño, no había dormido nada. Y la media docena de cervezas que acababa de beberme no me ayudaban en absoluto a permanecer despierto. Era un viaje válvula de escape. Corría para perder mi sombra de vista, como es costumbre entre mis contemporáneos. Como el avestruz que esconde la cabeza bajo la tierra o el niño que cierra los ojos para volverse invisible. Estaba sentado en el asiento dieciocho  con mi brazo derecho  y mi cabeza apoyados en la ventana, cuando una mujer sumamente elegante, de unos cuarenta y cinco años  se sentó junto a mí. Olía muy bien. Un intenso aroma a vainilla sustituyó todo el aire del vagón, se coló por mis fosas nasales, y no paró hasta acomodarse en mi satisfecho cerebro provocándome un leve pero agradable cosquilleo por todo el cuerpo. Volví la vista hacia la ventanilla para mirar al infinito y dejar correr mi imaginación. Acostumbraba a disfrutar así, del precioso tiempo muerto que nos brindan los largos viajes. Pensé en sus vidriosos ojos. Trate de volver a verlos a través del reflejo de la ventana, y aun me pareció más elegante y misteriosa. Incluso atractiva a pesar de nuestra diferencia de edad. ( Yo tenia 25 años) Llevaba puestos unos bonitos zapatos verdes de tacón. El tren se puso en marcha. Y antes de que hubiésemos podido salir de la ciudad, ella me dio unos golpecitos en el hombro al tiempo que su otra mano cubría su boca. Parecía indispuesta.

¾    Perdone, pero, me mareo con bastante facilidad, no soporto el vaivén de los trenes,... te importaría cambiarme de asiento. Al lado de la ventanilla me aliviare. Sé que es el único modo... Lo siento,  no quisiera resultar molesta, pero es que...

Siempre he odiado que turben mis plácidos viajes. Asomé la cabeza por encima de los asientos y miré hacia delante y hacia atrás. Todo, al tiempo que mantenía una amable sonrisa hacia ella. No había ningún asiento vacío. Esta vez haría una excepción. Aun había fisuras en mi burbuja de egoísmo.

¾    Esta bien, cambiemos de sitio, yo no me mareo. Póngase aquí a ver que tal.

¾    Gracias,  ¾dijo ella mientras me extendía su mano delicadamente¾ mi nombre es Zelí.

Nos estrechamos las manos. Mi primer impulso fue el de besar su mano, no se porque. Pero me contuve, y me limité a rozar mis dedos sobre los suyos suavemente. El tacto de su piel me fascinó, era como una serpiente templada bajo el sol.

¾    Me llamo Jeunard ¾respondí¾.

Ella se levantó para dejarme salir hacia el estrecho pasillo atestado de maletas y bolsas de mano. Intercambiamos nuestros asientos.

¾    Gracias ¾insistió¾.

Pasamos las siguientes cuatro o cinco horas en absoluto silencio. Yo saqué un libro de mi maleta de mano; “ Cartero”, no fui capaz de leer nada,  por estar más pendiente de Zelí que de la novela. Ella parecía contenta, reconfortada, me sonreía constantemente. Parecía delicada he irrompible a un tiempo,  inmersa en sus pensamientos, mientras observaba el  fugaz paisaje correr en dirección opuesta a la nuestra. Pero de pronto, palideció, (al pasar junto a, un pequeño pueblito catalán muy cercano a Cervera)  se quedó atónita mirando tras la pequeña y sucia ventanilla. Esculpida en dolor, en témpano de hielo. Su rostro se contrajo adquiriendo una expresión vulgar por vez primera. Sus manos temblaban. El iris de sus ojos se dilató ennegrecedor, y una enorme y perfecta lágrima se dejo caer por su mejilla emborronándolo todo, al igual que una avalancha de  caballos de carbón, galopando sobre una ladera de inmaculada nieve virgen. Sacó un pequeño pañuelo azul de su bolso de piel. El paño tenia su nombre bordado en un extremo. Y no pude sino interrogarla lo mas sutilmente que fui capaz. La termita de la intriga roía mi interior a mandíbula batiente. Me parecía injusto, que esas diminutas gotitas fuesen capaces de empañar el angelical rostro que minutos antes me había llenado de satisfacción por el simple echo de contemplarlo.

¾    Perdona Zelí, ¿Se encuentra bien?

 Me atravesó con mirada de ángel enloquecido y cabreado. Me sentí intimidado, y  pensé que no debía haberle preguntado nada.

¾    ¿Quieres que te cuente porque estoy llorando? ¾me dijo tranquilamente, con la misma voz pausada con la que me había pedido el cambio de asiento¾.

¾    No, si tú no quieres. No quiero molestar.

¾    Si, si quiero. Me apetece hablar un rato contigo. La verdad, creo que es lo mejor que puedo hacer para no sentirme así durante el resto del viaje. Pero no sé por donde empezar, se me hace extraño contar todo esto a un desconocido.

¾    Empieza por el principio. Y yo escucharé cada palabra como si fuese la última antes de una repentina y total sordera.

¾     Zelí sonreía- Esta bien,... entonces primero debería explicarte la situación en la que me encontraba en un principio.

¾    Así es. Nos queda algo mas de una hora de viaje.

 Era la primera vez en un viaje, que no deseaba volver a mi burbuja de silencio, meditación y sueño. Por el contrario, me entusiasmaba la idea de escuchar a tan solemne mujer relatar un pasaje de su vida exclusivamente para mí.

¾    Imagina 1973.Aunque tú no levantarías un metro del suelo, estarás aburrido de oír hablar de esos tiempos. Yo, ya  estaba casada, enamorada de verdad, y con grandes expectativas en todos los aspectos de la vida. Creía tener casi todo bajo control. Hasta entonces había vivido con mi padre, Bernard, en un gran caserío en Oiartzun, un pequeño pueblito junto a San Sebastián. Desgraciadamente, el aita falleció hace algo mas de cinco años. Eso ha sido algo realmente difícil de superar para mí, a pesar de haber recibido una herencia multimillonaria. En verdad nunca hubiese pensado que tuviésemos tantisimo dinero. Y menos aun conociendo a mi padre.  Bernard nunca compraba nada, no tenía un buen coche, ni un buen traje, pero era muy aficionado a apostar. Todos los domingos iba acompañado de sus amigos,  a los frontones de cualquier pueblo a apostar a la pelota mano, a cesta punta,  a las peleas de carneros, o al arrastre de piedra tirada por estúpidos bueyes. Era un hombre de campo, ganadero de toda la vida, al igual que su padre y el padre de éste. Mejor le hubiese ido si hubiese nacido en Las Vegas. Siempre fumando puros, oculto tras unas enormes gafas de montura negra y serio como una roca. Desde que mi madre murió de forma tan trágica, él permaneció aun más  serio. La ama murió aplastada por un buey. El buey la cogió desprevenida, agachada entre sus pezuñas, buscando el anillo de casados que mi padre había perdido momentos antes mientras daba de comer a las bestias. El siempre se empeño en cargar con la culpa. Pero logramos seguir adelante. Criábamos ovejas, gallinas, ocas,  desgraciadamente bueyes, e incluso un cocodrilo que ahora adorna una pitillera, y mis zapatos. Yo me veía obligada a ayudarle en todas esas pesadas tareas; en dar de comer a los animales, limpiar los establos, hacer la comida, lavar la ropa, atender a los amigos que venían cada fin de semana desde los caseríos cercanos a jugar sus partidas a la rana, o a la toca. Pero de entre todas las tareas, había una que yo cumplía con mayor destreza y menos crueldad que mi padre; Era la de  matar a las gallinas y ocas. Me hacia sentir violenta en el instante de la ejecución, pero era una sensación que duraba pocos minutos.  Y como sufría mucho al ver sus rostros impregnados de dolor, desarrollé una nueva técnica para que todo fuese menos violento. A base de un sencillo compuesto casero  hecho a partir de grandes hongos, Amanitas Phalloides, administrados en su dosis exacta para que la carne del animal no quedase contaminada Se lo daba mezclado con el agua. Eso les producía una gran sacudida en el sistema nervioso central, provocándoles la muerte súbita. Después  solía pasear con las ovejas y con nuestro perro,... eso si que recuerdo que me gustaba. Dábamos largos paseos por el monte, mientras el aita dormía la siesta.                            

Zelí sacó la pitillera de cocodrilo de su bolso. En aquel momento me pareció bonita, encendió un cigarrillo. Me ofreció también uno a mí. Acepté. Cogió la pitillera, la introdujo en el bolsillo de mi camisa y prosiguió hablando con el humo del cigarrillo derramándosele por la comisura de sus escrupulosamente pintados labios.

¾    El nombre de mi marido era Jeunet. Se parece al tuyo ¿ Jeunard?, ¿Jeunet? ¿No crees?

¾    Sí. Suena igual. ¾Que ella me comparara con su marido me hizo sentir bien, a la altura¾.

¾    Humm, sí... Jeunet era el centro de mi vida en aquel momento. Ocupaba la mayoría de mis pensamientos. Nos divertíamos mucho y salíamos a menudo. Jeunet era un hombre sencillo en apariencia, pero endiabladamente complejo interiormente, enrevesado y maniático. Terriblemente introvertido. Tenía  una costumbre detestable. Le gustaba demasiado el alcohol en cualquiera de sus infinitas posibles combinaciones. Ya lo creo que si. A cualquier hora, era como él decía; un bebedor profesional. No un bolinga de fin de semana. Un hombre pegado a una botella. Al principio era gracioso y hablaba mucho, a veces era capaz de cubrir de oro y gloria el tema de conversación más banal. Pero al cabo de unos dos años de casarnos, cada cochina vez que bebía se trasformaba. Era otro. Disfrutaba al mentir, al ver como incluso la gente que más le conocían, caían en sus trampas. Entraba en un estado de charlatanería desenfrenada, vendía su alma al diablo a cambio de ocurrencias enfermizas. Jugaba a prever la reacción de la gente ante sus ataques de locura, que no eran sino macabras puestas en escena. Situaciones dementes que le parecía interesante recrear, según su extravagante concepto de lo “digno de explorar”. Era el rey del cinismo, compañero de pupitre del mismo Diogenes. E irónico hasta el punto de no saber el mismo cuando trataba de ser amable realmente o cuando interpretaba para que lo más oscuro de su ser pudiera reír a carcajadas con sus mandíbulas batientes de apestoso buey muerto. Como el día en que mandó publicar mi propia esquela y me trajo el periódico con el desayuno a la cama. Desenchufó el teléfono del dormitorio para poder responder él desde el cuarto de estar a quien llamaba dándole el pésame. Aun y todo, muchos de nuestros amigos lo adoraban, nunca sospechaban que Jeunet estuviese saciando su locura particular a costa de ellos. Yo detestaba sus grotescas actuaciones. Estaba enamorada de ese ser totalmente opaco. Me entristecía pensar que tuviese esa burlona visión de los demás. Él nunca confiaba en nadie. Pasó el tiempo y nada cambiaba. Y empecé a preguntarme hasta cuando seria capaz de aguantar así.

Y de pronto, de un día para otro, comenzó a beber moderadamente. Y sorprendentemente fue capaz de enderezar su comportamiento. Se sinceró conmigo y me confió que necesitaba normalizarse. Todo el mundo necesita apearse del tren alguna vez.

¾    ¿De verdad?... Y ¿cómo lo hizo?.

¾     No sé, supongo que por pura cabezoneria. A eso tampoco había quien le ganase. Siempre fue muy listo y tozudo. Y la verdad es que se convirtió en un hombre maravilloso. Pasamos varios años delirantes, en los que apenas nos podíamos separar el uno del otro. Jeunet era cariñoso y sincero. Creo que llegué a conocerle bastante bien, y estoy segura de que aquella temporada, no jugó con los sentimientos de nadie. Nos fuimos a vivir a un pequeño pisito en Puerto de Panadella, junto a Cervera. Yo comencé a trabajar en Barcelona, en una galería de arte en la que el único requisito era el de vestir trajes de más de 1000 Euros y mostrar una interminable y seca sonrisa. Era divertido. Y aunque no ganaba demasiado, tampoco me hacía falta dinero, gracias a la herencia que había recibido de mi padre. Mas que nada lo hacía  por pasar el rato. Jeunet en cambio trabajaba por sentirse independiente y autosuficiente, también por que sabía que no me haría ninguna gracia que viviese a mi costa. Él era ayudante de plató en una pequeña televisión local. Montaba y desmontaba horribles decorados de madera estridentemente coloreada. Desatornillar, transportar, volver a atornillar. Sus compañeros eran también eslabones sueltos como él. Gente capaz de invertir su horario vital sin problemas.

¾    Yo también trabajo de noche.

¾    Pero aun eres muy joven, y es obvio que sigues caminando con fuerza hacia algún lugar. Ellos eran diferentes; solitarios, seudobohemios, confundidos, soñadores, vagos, artistas fracasados, demasiado mayores para dar la vuelta a la tortilla. La mayoría pintaban, o cantaban, bailaban swing o habían trabajado en películas que nadie había visto jamas. Eran  poetas a la fuerza anónimos, con los bolsillos llenos de agujeros.

¾me sentí identificado, pero no dije nada¾. A Jeunet eso parecía gustarle bastante. Decía que ese trabajo insultaba su inteligencia, pero lo decía orgulloso, como sabiendo que hubiese sido peor en caso de que la tarea a realizar fuese demasiado difícil para él. Al llegar a casa, siempre hablábamos mucho, nos gustaba hablar sobre cualquier tema,... descuartizábamos cualquier pensamiento. Pero siempre en tono amistoso. Todo eso estaba muy bien.

Hasta que  llegó la monotonía, y yo empecé a fumar marihuana por que todo resultaba demasiado bonito y aburrido. Mi trabajo en la galería me influyó, me quedaba cada noche fumando y haciendo garabatos con mi pincel hasta muy tarde, a pesar de que  rara vez terminase alguno de los lienzos. Por las mañanas siempre llegaba con retraso a la galería. Jeunet no paraba de regañarme. Dejé el trabajo antes de que me echasen,  y decidí dedicarme a pintar y a estar tranquilamente  en casa viviendo de mi fortuna, a la que todavía no me había acostumbrado. De vez en cuando se me pasaba por la cabeza la posibilidad de tener un hijo. Pero Jeunet se torció. Volvió a beber, y eso no me hacia ninguna gracia. Me echaba en cara que yo fumase. Pero bien sabia él que eso no tenía nada que ver. Y en vez de tratar de solucionar el problema, ahora se alcoholizaba con mas ganas que antes aun. Y todo continuo degenerando. Nos embriagábamos los dos juntos en la sala de casa, y comenzamos a discutir demasiado. Insultos y razonamientos estúpidos por parte de ambos, alucinaciones,  celos, silencios incandescentes y más porquería de la que nadie debería aguantar. Su sola presencia me revolvía el estomago. Hasta que él, tuvo que irse a beber a la cocina y yo fumaba y volaba sola plácidamente en la sala de estar. Jeunet también perdió su empleo a causa de su imposibilidad de rendir en el trabajo por sus tremendas resacas. Yo siempre le solía decir:  “Para ser un buen bebedor has de tener un estomago de piedra” y Jeunet contestaba: “Tu tienes tripas y corazón de  piedra, ese es  el problema”. Los dos pasábamos todo el santo día en casa, ebrios y enfadados hasta que llegamos a una situación insostenible. Y a mí me pareció que lo mejor que podíamos hacer era separarnos. Dedicarnos cada cual a lo nuestro. Rehacer nuestras vidas. Pero  Jeunet no estaba de acuerdo, le parecía más acertado dar tiempo al tiempo, creo que tenia miedo. Casi no hablaba.  Pero eso no me hizo cambiar de opinión, y nos divorciamos. Yo volví a vivir al caserío. Ya no quedaban animales en él, puesto que los había vendido todos al poco tiempo de morir mi padre. Mandé reconstruir el interior del caserío por completo, trasformándolo en una hermosa casa de campo, tan impresionante como las de las aburridas películas Americanas; con jardines repletos de arboles frutales, piscina, sauna exterior, garajes, cuartos de baño en exceso, una sala de billares, bodega, barra de bar y todo tipo de estupideces que se me ocurrieron. Gasté mucho dinero, pero me pareció buena terapia para olvidar al problemático Jeunet.

¾    ¿Quieres uno? ¾pregunté a Zelí acercándole la pitillera, en la cual con un leve golpe hice sobresalir un cigarro entre el resto. Lo cogió. Acerque el mechero al cigarro. Dio una sola calada y prosiguió¾.

¾    Gracias. Bien... Él se quedó en el piso de Panadella. Tuve que dejarle dinero para pagar la renta durante casi un año, y en cuanto deje de hacerlo, le echaron a la calle. Después perdí su pista, pero creo que trabajó en un restaurante de comida rápida en el casco viejo y que vivía alojado en una pequeña habitación en un piso de estudiantes extranjeros. Parecía haberse desecho de toda ambición. Yo mientras tanto, he vivido tranquila, apartada de la ciudad. Me he dedicado a pintar, a estudiar Alemán, que era una cosa que tenía ganas de hacer, y a caminar por el campo, a pensar,... a respirar. He pasado una temporada completamente apacible. De hecho hacia ya mucho que no pensaba en Jeunet, ni en mi padre, ni en nada que me entristeciese. Exactamente desde  aquel día en que recibí una carta urgente de Jeunet. Recuerdo que creí que me querría pedir dinero, y eso me puso furiosa, pero nunca sospeche lo que en realidad me contaría en  el crudo papel. La vida se las arregla para sorprendernos a cada cual con la triquiñuela que le corresponda.

¾    Si,... pero, ¿Qué, Que decía en la carta?, ¿Él sabia lo de la herencia, verdad?

¾    Tranquilo, ahora la veras. En la carta no,  no pedía ni un solo céntimo. Se trataba de algo mucho más embarazoso aun. Desde el día en que la recibí siempre la llevo conmigo, no se porque. Pero no soy capaz de volver a leerla. Tampoco la ha visto nadie excepto yo. En realidad no sé que es lo que me obliga a conservarla siquiera. De todos modos, ten, léela tu mismo.

¾    Preferiría que la leyeses tú, si no te importa. Me gusta mucho la forma en que me estas contando todo esto.

¾    Lo siento pero eso no es posible Jeunard. Léela tú en voz baja. Y una vez hayas terminado, proseguiré con el final.

 

¾    Esta bien. ¾la saqué de su viejo y manoseado sobre y comencé a leer a pesar de que el tren se movía demasiado¾.

  

San Sebastián                                                                       a 13 de Diciembre de 1982.

 

Hola Zelí. ¿Cómo estas? Espero que te encuentres bien.

Me ha costado mucho reunir el valor suficiente para volver a dirigirme a ti, puesto que aun te tengo una estima insuperable. Ya lo sabes. Siempre que trato de imaginarte, te me apareces lejos, encaramada en lo alto de un gran pedestal, intocable. Pero es  necesario que hablemos. Es verdad que te adoro, y de ninguna manera quiero que malpienses que estoy arruinado o ebrio, en realidad es todo lo contrario, he dejado de beber y he comprado una enorme mansión a las afueras de S.S.  Vivo placenteramente rodeado de confort. Pero ya es tarde para poder  disfrutar de  todo esto. Pues estoy realmente cercano al fin. Ayer estuve en el hospital recogiendo las pruebas de los análisis que me hicieron hace menos de un mes, cuando me encontraba ingresado por uno de esos fuertes dolores de cabeza que como tu bien sabes siempre he padecido. Al parecer no eran causados por el alcohol ni mucho menos, sino por un destructor tumor cerebral. Un jodido agujero negro en mitad del centro de  mi persona. Mi propia cruz. Como si me trasformara de pronto en un equilibrista parapléjico al borde de un acantilado. Mi  médico, el Doctor Oteiza me ha asegurado que no viviré mas de dos meses, y desde entonces no he podido dormir ni un solo segundo, no he parado de dar vueltas a que es lo que debería hacer con ese corto y tortuoso tiempo que se me ofrece. Nunca se está preparado para morir. Aunque puede que  se me dé mejor que vivir. Y  para  que todo termine con buen pie,  he de pedirte una sola cosa. Lo único que me queda por hacer antes de sucumbir en el infierno. Algo que harás si es que alguna vez me has tenido algo de aprecio. Mi ultima noche de lujuria. Mi ultimo gozo. Sentir  tu cálido interior por ultima vez.

 Te suplico que aceptes Zelí. Por los viejos tiempos.

Te estaré esperando en la dirección que adjunto al pie de pagina el 15 de Diciembre a las 20:00 h.

 

De todo corazón; Jeunet Carpiere.

 

P.D. La dirección es; Avenida de Miraconcha Nº3.  C.P. 20016. San Sebastián. “

 

¾    Joder!, Es increíble. Hay que tener sangre muy fría para eso. Y ¿qué hiciste? ¿No irías verdad?

¾    Al principio no sabía como encajar aquello. No se le podía salvar de las garras de la muerte, pero sí había algo que yo, y solo yo desgraciadamente podría hacer por él.  Cumplir ese  único y último deseo.

 Sabía que nos quedaba algo menos de una hora para llegar a BCN, y trate de guardar silencio absoluto y de prestar el máximo de atención posible a Zelí para así facilitarle su labor de narradora.

¾    Sentí la más profunda lástima por Jeunet, luego asco. Fumé un poco de hierba junto a la chimenea, tapada con una de las mantas de lana que solía usar mi padre, y me quedé dormida. Al día siguiente estaba decidida. Tomé una ducha caliente. Me puse un vestido rojo muy escotado y me maquillé como hacía tiempo que no hacia. Llamé a un taxi. Le indiqué la dirección que había escrita al pie de la carta. Estaba lloviendo a cántaros como es habitual en esta región. El taxi se detuvo ante la puerta de una gran mansión. Mucho mayor que mi casa de campo. Pense que se habría equivocado, y le pregunte si estaba seguro de donde estabamos. Me dijo que si, y bajé del coche. Le pagué y le dije que se quedara con el cambio, estaba demasiado nerviosa para esperar mas de lo imprescindiblemente necesario para realizar mi tarea. La puerta de metal que había ante mi se abrió de golpe antes de que pudiera siquiera acercarme al timbre. Caminé hasta el interior de un gran patio con hermosos jardines repletos de deslumbrantes amapolas rojas, como trocitos del sol pinchados en curvos palillos. Subí una gran cantidad de escaleras de piedra y por fin, llegué a la puerta de entrada. Estaba abierta, y yo estaba bastante mojada a causa de la lluvia. Crucé el umbral. Ante mí había un millar de velas encendidas, sobre la mesa de roble, sobre las estanterías de piedra tallada y en el suelo... y al fondo colgando del claroscuro de las paredes, enormes telas de terciopelo azul destellando a causa del reflejo del fuego. A mi derecha, en el nacimiento de las escaleras que conducían al piso superior, el sonido de unos pasos atrajo toda mi atención. Era Jeunet. Caminó hacia mí y se detuvo a una distancia más que prudente. Vestía un traje negro precioso, zapatos nuevos  recién lustrados, y tenía el pelo muy bien peinado hacia atrás. La verdad es que estaba muy elegante, aunque algo pálido. Se agachó haciéndome una especie de reverencia, y dijo con voz tan solemne como jamas le había oído.

¾    Bienvenida al hogar Zelí

¾    Gracias Jeunet. ¿Cómo estas?

¾    No, no, no,  eso ya no importa. Lo que quiero es que tú te sientas cómoda, y tratar de hacer que esta situación sea lo mas grata posible. Ya veo que estas muy guapa, ¿quieres algo para beber? Pídeme lo que quieras, esta noche intentaré comportarme como siempre debía de haber hecho. No hablemos más. Toma asiento donde prefieras, y te serviré la cena enseguida. Estoy seguro de que te gustara. Disfrutaremos de un menú excepcional.

No pude contestarle. Me pareció excesivamente amable y frío y charlatán. Al caminar hacia la cocina daba tumbos. De todas maneras tomé asiento en uno de los extremos de la mesa. Me daba mucha pena, todo ese ambiente artificial, le notaba  que estaba sufriendo mucho. Comenzó a traer  infinidad de platos refinados. A él siempre le ha gustado el buen vino, y trajo las mejores botellas que puedan conseguirse en la ciudad, además de; langostas a la plancha, foíe con salsa de uvas pasas, solomillo de buey macerado en puré de huevas de esturión, sesos de cordero con guarnición de hongos, y docenas de platos llenos de colorido e imaginación. El conjunto de todo aquello formaba un gran bodegón. El se sentó junto a mí,  y solo dejaba de mirarme cuando se levantaba para traer mas comida o vino. Cenamos en silencio. La comida estaba deliciosa, y por un momento pude sentir la calma, como en los viejos tiempos. Comenzamos a beber copa tras copa, y pensé en que mejor seria adelantarme a los hechos, y acelerar así el proceso de apareamiento premortuorio. En realidad no tenía ninguna gana de ser el último plato de alguien en aquel estado. Cuándo hubimos saciado nuestra hambre y nuestra sed, me levanté de mi silla y le susurré  al oído: “¿Dónde está el dormitorio Jeunet?”, Por lo que él se  puso algo nervioso, adquirió un aspecto nauseabundo, de huesudo reptil recién despertado de la hibernación. Subimos al primer piso, a un gran dormitorio en el cual extrañamente aun había gran parte del mobiliario sin desembalar y con la etiqueta del precio todavía puesta. Me desnudé rápidamente y me tumbe sobre la cama y tapé mi cuerpo con solo una fina sábana roja de raso, también a estrenar. Jeunet se bajó los pantalones. No le quedaba ni rastro de orgullo. Solo le quedaba un palo entre las piernas. Y eso era suficiente para lo que nos proponíamos hacer. Nos acostamos, nos miramos frente a frente, y tan solo por un segundo creí notar un atisbo de ironía en su mirada. Hicimos el amor durante algo más de una hora. La verdad es que estuvo bastante bien. Me apeno pensar que esa sería la última vez. Jeunet parecía tener mejor aspecto. Mientras hacíamos el amor dijo que desearía volver a casarse conmigo. No conteste. Me lo volvió a pedir por favor,  luego cerró los ojos y quedó tendido sobre la cama. Yo me levanté, tomé una ducha en un a espléndida bañera de hidromasaje. Volví a ponerme el vestido rojo. Estaba algo nerviosa, supongo que por la falta de costumbre.  Baje las escaleras, cogí cuidadosamente la copa que Jeunet había utilizado en la cena y la guarde en mi bolso envuelta en una de las servilletas, di un último vistazo asegurándome que no me olvidaba nada,... y tras unos minutos me sentí como no me sentía desde mi infancia. Había obrado bien. Llame a un taxi y salí de la casa. Encendí un cigarro. Atravesé el jardín hasta la puerta exterior. Las amapolas estaban encorvadas, aun dormidas, frías como lunas. Al llegar a mi casa, fumé un poco de marihuana, anulando así mi capacidad para pensar en él, y me acosté.

Al día siguiente, tomé un fuerte desayuno, y bajé al quiosco más cercano. Compré varios periódicos y un paquete de Marlboro. Volví a casa,  y allí pude leer la noticia. También nombraron a Jeunet en los telediarios de varias cadenas. Al parecer la gran mansión no era suya, era de un matrimonio de jubilados que estaban de vacaciones. Jeunet solo les conocía de haberles llevado alguna que otra vez comida rápida a domicilio. Todos los medios coincidían en que había fallecido repentina e inexplicablemente. Lo que me extraño más, y de hecho sigo sin entender, es que al hablar sobre su muerte, incluso tras la autopsia, jamas nombrasen esa enfermedad mortal que tanto le preocupaba y tan evidentemente lo estaba devorando por dentro.

Tampoco existía ningún doctor Oteiza y no quedándome satisfecha con ello, llame al departamento forense de San Sebastián, pidiendo información sobre la terrible enfermedad que había de matar a Jeunet, pero nadie fue capaz de encontrar indicio alguno de que Jeunet estuviese enfermo. Al parecer disfrutaba de una salud de hierro.

 

El tren se detuvo. Ya estabamos en BCN, en la estación de Sants. Nos incorporamos y salimos al anden. Encendí un cigarro mientras esperaba a que Zelí recogiese su equipaje. Estaba confuso, planeando que le diría. Hacia calor. Los vagabundos se tambaleaban de una punta a otra del anden. Termine mi cigarro.  Pero Zelí no volvió a aparecer. Simplemente se esfumo.

 

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