MALA SEMILLA

Autor: Jorge Pereyra 

 

        ESPERARON TENER UN HIJO con las ansias con que se aguarda a la primavera. Y después de dos abortos consecutivos, ya casi habían perdido toda esperanza. Por eso, cuando el doctor Sifuentes les dijo que siguieran tratando, lo miraron como si hubiera dicho que los elefantes vuelan.

        Andrea era una mujer joven y bella, y a sus veinticinco años se sentía la dueña del mundo. Se había casado enamorada, hacía un año y medio, con Ignacio, su vecino de toda la vida, y por quién suspiraban en silencio todas las mujeres de Coyoacán. Su marido la amaba con locura, era un hombre bueno y trabajador, y  Andrea tuvo la entereza de guardar para él, hasta la noche de bodas, el capullo de su virginidad.

        La vida les sonreía, todo era perfecto y tan sólo les faltaba un hijo para coronar tanta felicidad. Sin embargo, ella creía que si no le daba pronto un retoño, alguna mujer podría arrebatarle algún día a su Nacho. Especialmente, después del último aborto, cuando el doctor Sifuentes les advirtió que tenían que esperar por lo menos un mes antes de volver a hacer el amor.

        ---¡Virgencita de Guadalupe, ayúdame a tener un hijo! ---se la escuchó rogar desesperada, santiguándose frente a la imagen que tenía colgada en la pared de su dormitorio a un costado de su cama.  ---¡Si no me ayudas... soy capaz de cualquier cosa!.

        Y diciendo esto, se dejó caer sobre el lecho. Luego rompió a llorar con la frustración que da la esterilidad. Los minutos pasaron, se quedó dormida y entonces soñó que millones de niños, tomados de la mano, jugaban a la ronda alrededor del mundo.

        No supo cuanto tiempo pasó desde que cerró los ojos, pero despertó algo sobresaltada al escuchar el ruido que hacía una llave al tratar de abrir la cerradura de la puerta de calle.

        ---¿Nacho... eres tú, mi amor?

Nadie respondió a su pregunta. Pero continuaron los extraños ruidos al otro lado de la puerta. Pensó que podría tratarse de un ladrón y corrió a la cocina para tomar un cuchillo. Se dio cuenta que tenía los nervios alterados y sintió que le temblaban las rodillas. Y aunque su corazón latía como un caballo desbocado, se mantuvo frente a la puerta con el cuchillo en alto y apretándolo con fuerza.

        ---¡Pero estás loca o qué! ¿Y qué haces con ese cuchillo en la mano?--- le increpó Nacho después de abrir rápidamente la puerta.

        Ella soltó el cuchillo, se refugió en sus brazos y, temblando como una hoja, le pidió que la abrazara con fuerza. Su marido la besó en el pelo, en el rostro, y luego la llevó en brazos hasta la cama. La depositó suavemente en la cama mientras ella sollozaba muy quedito. Le dijo que no se preocupara y le preguntó si había tomado su pastilla para los nervios que le había recetado el doctor Sifuentes. Andrea le contestó que no porque le daba mucho sueño. Entonces Nacho le hizo ver que tenía que obedecer al médico pues después de su último aborto su estado nervioso había quedado muy afectado.

        --- Está bien ---, asintió ella con resignación, --- pásame el maldito frasco que está en la mesa de noche y tráeme un vaso de agua.

        El hizo lo que le pedía y la joven tomó entonces una píldora verde y roja sin dejar ni una sola gota de agua en el vaso. Luego ambos se acostaron en la cama y su esposo empezó a acariciarla y a besarla en la frente. Ella, ya más calmada, lo besó en los labios al tiempo que presionó su cuerpo con más fuerza sobre el de su marido. Al principio, fueron besos tiernos y calmados; pero poco a poco fue subiendo la intensidad de los mismos. La pasión se apoderó de ambos y ahora se besaban y acariciaban de una manera febril y descontrolada. Nacho se subió encima de ella y empezó a presionar con su sexo el área localizada entre sus piernas.

        --- No podemos hacerlo, amor --- exclamó Andrea respirando entrecortadamente. --- Recuerda que el doctor dijo que teníamos que esperar por lo menos un mes para hacer el amor nuevamente.

        ---¡Pues que chingue a su madre el médico, porque ya pasaron tres semanas y no aguanto más! --- replicó molesto el marido.

        ---Tú sabes que yo también lo deseo tanto como tú y que me gustaría sentirte dentro de mí. Pero tenemos que hacerle caso al doctor si realmente queremos tener un hijo --- dijo casi como un susurro la mujer.

        Pero ambos estaban tan enardecidos que sus palabras no correspondían con sus movimientos y acciones. Y entonces ella abrió sus piernas y se abandonó al remolino que los arrastraba. Lo hizo porque también deseaba ardientemente ser poseída de nuevo por el único hombre que había amado en toda su vida. Pero fue en ese preciso momento que recién pudo ver la cara de su marido y lanzó un grito desgarrador.

No podía creer lo que estaba viendo. El rostro que sus ojos veían no era el de su amado Nacho sino mas bien el del Diablo. De los ojos del demonio salían chispas y además tenía una sonrisa burlona. Andrea hizo lo que pudo y reunió todas la fuerzas que le quedaban para librarse del abrazo del demonio. De un rápido empujón lo tiró a un lado de la cama y empezó a rezar con fervor, juntando las manos y con los ojos cerrados, a la imagen que estaba colgada en la pared de su habitación:

        ---¡Virgencita de Guadalupe! ¡Protéjeme del demonio y sálvame de todo mal! ¡Haz que desaparezca y que regrese a los profundos infiernos de donde ha venido!

        Volteó muy despacito, abrió lentamente los ojos para ver si su pedido había sido escuchado y vio ahora nuevamente el rostro de su esposo que la miraba con sorpresa y preocupación al tiempo que le decía:

        --- ¡Pero qué cosas estás diciendo! ¿A qué demonio te refieres?. Cálmate, por favor, que estás muy alterada y eso te hace ver cosas. Deja que la pastilla surta su efecto, mi amor, y trata de dormir un poco.

        --- ¡No creas que me vas a engañar, maldito demonio! Sé que tienes el poder para cambiar de apariencia en cualquier momento. Pero no te tengo miedo pues cuento con el amparo de la Virgencita de Guadalupe.

        Apenas terminó de decir esto, el rostro de Nacho se fue transformando hasta aparecer otra vez la efigie del Diablo.

        ---- ¿Conque tu Virgen te protege, no? ¡Pues mira lo que le va a pasar a tu pinche Virgen! --- bramó el demonio, al tiempo que apuntó con su dedo al cuadro de la Virgen que cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

        Luego, de un salto felino, el Diablo se montó otra vez encima de Andrea y trató de hacerle el amor. Ella se defendió como una leona y le arañó la cara varias veces. Entonces el Maligno le encajó una tremenda bofetada que le hizo perder el conocimiento gradualmente y sintió que caía en un enorme pozo oscuro.

        Cuando despertó, sin saber cuánto tiempo había transcurrido, una silueta borrosa fue aclarándose poco a poco hasta reconocer que ella correspondía a la cara de su esposo. Se sobresaltó por un instante, pero Nacho la calmó besándola en la frente y diciéndole que todo estaba bien y que sólo había tenido una pesadilla. También le indicó que al llegar la vio dormida en la cama presa de una serie de convulsiones y que gritaba como un animal herido. Al sentir la protección del abrazo de su marido, se rompió el dique que contenía a sus lágrimas y se desbordaron también una mezcla de emociones y sentimientos como de miedo, angustia y frustración. Quiso hablar pero sintió que un nudo le atenazaba la garganta. Nacho le pidió entonces que se callara y que desahogara toda la carga emocional que la embargaba. Lloró hasta secar la última lágrima y, cuando notó que ya había recuperado el habla, le contó todo lo que había pasado entre ella y el diablo.

        --- Cariño, lo primero que tienes que hacer es calmarte ---le dijo dulcemente su esposo mientras le besaba la frente---. Luego, tienes que entender que eso jamás ocurrió y que sólo forma parte de tu imaginación. ¿Me entiendes?. ¡De tu imaginación!…

        --- ¿Imaginación… ?. ¿Acaso crees que estoy loca?. ¡Si te digo que el diablo estuvo en esta habitación y trató de hacerme el amor a la fuerza, es porque así fue y tienes que creerme!.

        --- Te creo, mi amor, y no estás loca. Pero recuerda que los sedantes que te recetó el doctor Sifuentes son un poco fuertes y advirtió que podrían tener ciertas propiedades alucinógenas.

        --- Sí, lo sé. Pero te juro que todo esto fue real. No fue un sueño ni una alucinación. El diablo existe y estuvo en esta habitación.

        --- Está bien. Vamos a dejarlo así por hoy. No se hable más del asunto. Mañana será otro día y veremos las cosas de una manera diferente.

        Ella quiso agregar algo más, pero consideró que su esposo tenía razón. El también estaba cansado y después de un arduo día de trabajo merecía sus apapachos y mimos para que notara la diferencia de estar ya en el nidito de amor que ambos habían construido. Le preguntó si quería que le calentara su cena y él dijo que no tenía hambre o que a lo mejor más tarde podría comer algo.

        --- ¿Y cómo te fue hoy en el trabajo? ---susurró Andrea con coquetería mientras le mordía suavemente el lóbulo de su oreja.

        --- Pues, mal. Todavía tengo un montón de expedientes que debo calificar y me he retrasado en entregarlos como un par de días. Y para colmo Cristina, mi secretaria, también está atrasada en ingresar a la computadora toda la información sobre los dictámenes de esos expedientes. Ella es muy lenta e ineficiente y realmente no sé cómo consiguió el puesto de  secretaria.

        --- ¡Y cómo iba a ser!… Pues, acostándose con tu antecesor en el cargo: el licenciado Peñuelas. Todos en tu oficina lo saben. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta cómo ella te mira y te coquetea?. ¿O la manera tan provocativa cómo se viste esa mujerzuela?.

        --- ¡Mira, mi amor, ya hemos hablado sobre este tema en el pasado. Y si vas a insistir con tus celos infundados, entonces mejor me levanto y salgo a dar una vuelta hasta que te calmes! ---respondió visiblemente molesto Nacho.

        --- ¡No, no te vayas, mi amor!. ¡No me dejes solita! ---dijo casi llorando ella---. Prometo que ya no te voy a hablar de ello. Pero es que cuando me nombran a esa “cazamaridos” exploto y no puedo contenerme.

        Nacho enarcó una ceja, como dudando de su promesa, y le dijo que no tenía por qué preocuparse o estar celosa. Que la única mujer que quería en el mundo era ella. El la había escogido para ser la madre de sus hijos y, por lo mismo, no existía mujer alguna que pudiera apartarla de su corazón. También le dijo con cariño que sus celos obedecían a su inseguridad provocada por los dos abortos sucesivos que había tenido. Y que en su fallido afán de darle un hijo, ella temía que iba a terminar refugiándose en los brazos de otra mujer. Pero que nada de eso era cierto y que seguía queriéndola con toda la fuerza de su amor.

        Ella lo besó en la boca de manera apasionada, mientras sus lágrimas se derramaban copiosamente por sus mejillas. Y le agradeció por ser tan comprensivo con ella. Siguió besándolo de un modo cada vez más incontrolado mientras que con su mano corrió el cierre del pantalón de su esposo y empuñó su miembro viril hasta que éste se endureció como una piedra. Y entonces se olvidaron del doctor Sifuentes y mandaron al carajo todas sus recomendaciones. Se desnudaron con prisa sin dejar de acariciarse y besarse. Ella se acostó de espaldas y le abrió sus piernas para que él se le subiera encima y la penetrara como sólo él sabía hacerlo. Sintió como nunca la dureza del pene de su marido y lanzó un quejido. Era una mezcla de dolor y placer. Como si una espada recién sacada de un horno de fundición se introdujera despacito en su vagina.

        Luego miró hacia el lugar donde estaba colgado el cuadro de la Virgen de Guadalupe para agradecerle por tener un esposo tan bueno como Nacho. Pero sólo vio un clavo. Y al bajar la vista, notó que el cuadro descansaba en el piso roto en mil pedazos. Entonces supo que no había sido un sueño. Y ya no quiso luchar más o mirarle la cara a su marido. ¿Para qué?. Se abrazó con más fuerza al tremendo vaivén erótico que la penetraba, cerró los ojos, se abandonó al intenso placer que poco a poco la fue poseyendo y dejó que sus gritos rompieran el silencio de la noche.

        Desde el otro lado de la puerta de una celda de aislamiento para pacientes peligrosos, se escuchó el ruido que hizo al cerrarse la mirilla corrediza de una pequeña ventanita de observación en el manicomio de la Ciudad de México.

        --- Pobrecita, otra vez es víctima de sus propias alucinaciones y fantasías y cree que el diablo la está poseyendo ---dijo el doctor Sifuentes, el siquiatra asignado a su caso---. No creo que algún día retorne a su vida normal, especialmente después que en un momento de locura acuchilló 97 veces a su esposo y que las autoridades  demostraran su culpabilidad y su absoluta desconexión con el mundo real.

        El doctor Sifuentes se metió las manos en los bolsillos de su bata blanca y se fue silbando por el pasillo su melodía favorita: “Crazy”, de Patsy Cline.

 

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