8 de octubre de 1999, 00:05

Mala Suerte

Autora: Viviana Talavera

 

Las sombras frescas de los añejos árboles de la avenida central, polvorienta y desierta se proyectaban hacia el infinito; mientras los abejorros y moscas zumbaban ociosamente en la tarde calurosa de verano.

Gabriel estaba acostado en el pasto alto del fondo de su casa, mirando sin ver las escasas nubes que corrían sobre el cielo azul brillante. Las condiciones eran propicias para que ocurriera y se encontraba muy emocionado, aunque sus ojos se hubieran oscurecido hasta tornarse de un negro profundo y misterioso.

Una bandada de pájaros ensombreció por un instante el firmamento y obligó al muchacho a parpadear reiteradamente, en un intento por volver a la realidad de la que poco a poco se había ido disociando.

 Casi lo logro”, pensó y se revolvió nervioso. Sintió la humedad que emanaba de la hierba aplastada bajo su cuerpo, y olió la tierra recién removida; preguntándose qué se sentiría estar del otro lado.

 Lentamente se incorporó, quedándose en cuclillas para seguir el intrincado dibujo que formaban los rayos de sol al filtrarse entre las ramas. A continuación se puso de pie y tendió la vista a su alrededor.

La vieja casa donde por generaciones había habitado la familia se levantaba impertérrita al paso del tiempo; con su tejado de pizarra cubierto de hiedra y sus pétreos muros ocultos bajo una mullida alfombra de musgo verde-amarillo. Las estatuas de olvidados dioses paganos custodiaban la avenida central del jardín, dándole un aire solemne y arcaico; junto con las fuentes que otrora lanzaran límpidos chorros de agua, mas ahora sólo estaban tapadas de hojas podridas de inviernos pretéritos.

Miraba todo con tristeza, al parecer su tiempo se había terminado. Debía devolver al Padre Cronos lo que era suyo y esperar una nueva oportunidad.

Sin el más mínimo apuro se encaminó hacia la herrumbrosa puerta del fondo y entró en el cementerio familiar.

 La mayoría de las lápidas habían sido devoradas por la maleza, y los nombres mucho tiempo atrás inscriptos, borrados por el paciente trabajo de la lluvia.

El reloj seguía corriendo sin piedad, por lo que se apresuró un poco. Necesitaba verlas a todas antes de volver.

Caminó hasta la que estaba colocada al final de un sendero periférico. La sepultura presentaba la tierra recientemente removida y la lápida limpia y legible. Con parsimonia se arrodilló, murmurando algo incomprensible. Al oír el sonido de pasos a su espalda, se volvió con violencia.

Semiagachado contempló al causante de esos movimientos. Una mujer vestida de verde esmeralda, con unos ojos del mismo tono, lo observaba con severidad sentada sobre una lápida. A su lado dormía un perro negro como el ala de un cuervo.

Gabriel se inclinó sumisamente y clavó la mirada en el suelo, diciendo en un tono quedo:

- Perdón mi señora, no me di cuenta.

Mentía. La mujer se levantó y sin cambiar de expresión se encaminó hacia donde estaba el joven que parecía aterrorizado. Su rostro cambió al ver la pequeña insignia que oscilaba, pendiendo de una fina cadena de oro del cuello de Gabriel. Con delicadeza la tomó entre sus pálidos y delgados dedos, mirándola con curiosidad, por un instante. Luego la soltó y le dijo:

- De nada te servirá. Eres una bestia tonta y dócil. Levántate.

El muchacho se mordió los labios y una furia lo invadió. Aguardó un segundo y obedeció. Al abrir las manos sintió un dolor lacerante en las palmas. Con horror las volteó y vio unas marcas rojas semicirculares. Sin darse cuenta se había clavado las uñas y ahora las heridas comenzaban a sangrar y a escurrir el vital líquido por entre los dedos.

Cerró los puños intentando disimularlo, pero las primeras gotas empapaban la tierra. La mujer permanecía inmóvil con una sonrisa irónica. El perro levantó la cabeza y olfateó con ansiedad el aire. Sus músculos se tensaron y sus orejas se aplastaron, presto a atacar.

Su dueña volteó y lo miró directo a los ojos; el can gimió asustado y adoptó nuevamente su antigua posición.

- Así está mejor.

Gabriel había retrocedido unos pasos y se hallaba en una posición más ventajosa si intentaba una huida desesperada.

Sin pensarlo dos veces se lanzó hacia delante, derribando a la mujer, y saltando un par de sepulturas. El perro lo miró con sorpresa pero no se movió esperando la orden de su ama.

Gabriel traspasaba la reja cuando se percató de que la casa había desaparecido y en su lugar se extendía un inmenso campo muerto barrido por ráfagas violentas de viento gélido. Comprendió que todo era un sueño, muy vívido, pero un sueño al fin.

Aceleró el paso y lo mantuvo sin mayor esfuerzo. Las ramas secas y espinosas que cubrían el terreno empezaron a clavársele en las pantorrillas y cuando no pudo más se fue deteniendo, hasta convertir la carrera en un paso ligero. Más tranquilo miró sobre su hombre. Ni rastros de la mujer a la que había llamado Señora.

Instintivamente se llevó una mano al pecho y tocó el colgante. Era una pequeña cruz de vida. Antiguo símbolo egipcio, que de alguna manera lo protegería y devolvería a casa, donde fuera que eso estuviera.

Levantó la cabeza y observó el cielo. Era noche cerrada y a pesar de su afición por la astronomía no pudo reconocer ninguna constelación.

El aire parecía haberse estancado, ya no había viento y una niebla espesa cubría el horizonte, prohibiéndole una perspectiva del lugar que lo rodeaba.

Aunque nunca hubiera experimentado una aventura onírica como esa, no se sentía asustado, era más bien una sensación de euforia, de libertad recuperada.

Aspiró hondo, buscando un punto de referencia en el yermo paisaje. Entre la bruma parecían recortarse gigantescos edificios y hacia allí se encaminó con entusiasmo. Anduvo un tiempo que le pareció interminable hasta que por fin pudo entrar, con cierta cautela, en el banco de niebla, que como un animal hambriento engulló sus piernas hasta las rodillas. Inmediatamente sus pies se adhirieron a un fango pegajoso y maloliente, que su mente asoció automáticamente con seres infrahumanos acechantes; tan horribles que debían ocultar sus rostros deformes bajo el sudario húmedo y cómplice de la niebla. Intentó deshacerse de la idea y casi lo conseguía cuando de pronto una figura amorfa pasó junto a él, haciendo que sus cabellos se erizaran

La criatura pasó y desapareció tan rápido que bien podría no haber existido. Gabriel se detuvo conteniendo la respiración, tratando de oír algo que delatara la presencia de esa cosa cerca de él. No se oía nada.

Aguzó sus sentidos y de pronto como por arte de magia empezó a percibir el tímido chirriar de los grillos.

Con presteza avanzó entre la niebla, siguiendo el sonido, y sin saber cómo se encontró junto a un río manso y plateado por una luna llena, amarilla y complaciente.

Recordó haber estado alguna vez allí, cuando era pequeño. A orillas de él se había aterrado con las historias de fantasmas que narraban su padre, tíos y hermanos mayores, cuando se reunían alrededor de la fogata de los campamentos de verano. Sin apuro empezó a vadear el agua fría y cuando llegó al otro lado se sentó a descansar.

El agua fluía monótona, debido a lo cual le llamó la atención algo que flotaba río abajo. “Un tronco”, pensó, pero su mente le susurró una idea más macabra y con aprensión se arrojó tras él.

Estaba cerca, muy cerca, como para reconocer la camisa roja hecha jirones de su hermano menor. Como una marejada los recuerdos invadieron su memoria. Había sido un verano sumamente lluvioso y sus amigos retaron al pequeño a lanzarse de una plataforma al río demasiado crecido. Él no había ido y nada pudo hacer para evitarlo; pero toda su vida se preguntó inútilmente qué habría sucedido de haber estado allí.

El niño se había desempeñado como un excelente nadador hasta que un traicionero remolino lo tragó para devolverlo muerto dos días después, diez kilómetros río abajo.

“Pero sólo es una pesadilla”. Él no vestía su camisa preferida en ese momento. Errores en los recuerdos que sólo se producen en los sueños. Así y todo estaba asustado.

Redoblando sus esfuerzos alcanzó a aferrar la tela y empezó a tirar de ella hacia la orilla. Una vez allí se dio vuelta para contemplarlo. Un acceso involuntario lo hizo vomitar sobre sus pantalones. El cuerpo estaba cubierto completamente de algas y ramas, hinchado grotescamente, con los ojos abiertos en una expresión de terror visceral auténtico.

Se arrodilló llorando junto a él, y le quitó la basura que lo cubría. Al hacerlo descubrió con consternación que los miembros se desprendían y unos gusanos blancos salían de debajo de los restos de ropa.

En un minuto el cuerpo se transformó en una pululante montaña que se retorcía y reptaba pugnando por escapar. Con rabia los aplastó, salpicándose el rostro con una sustancia verde y ácida, pero no le importó y siguió, y siguió... hasta que se desmayó.

 

 II

 

La cabeza le pesaba y le daba vuelta como después de una borrachera muy fuerte. Sentía la lengua seca y le dolía todo el cuerpo. La sensación era muy real.

Probó tragar un poco de saliva; pero le costó horrores y por el momento decidió que podía pasarse sin eso.

Con precaución abrió los ojos. Seguía siendo de noche pero ya no estaba en el bosque, sino tendido en un oscuro callejón que olía muy mal.

Cerca de allí había una puerta de la que provenían risas salvajes y enloquecidas. Supo de inmediato que eran sus compañeros de secundaria que practicaban un juego peligrosamente excitante.

Con una mueca de dolor se puse de pie y tambaleándose, caminó hasta la puerta. Estaba cerrada por dentro, pero sabía que tenía que abrirla de todos modos.

Buscó en sus bolsillos. Ya no estaba mojado, ni hedía a vómito; mas sí a alcohol, a alcohol en cantidades siderales. Revisaba cuidadosamente, con la lentitud de los borrachos, y por fin encontró un manojo de llaves en un llavero que no había visto desde hacía diez años.

Escogió una llave y con cierta vacilación la introdujo en el ojo de la cerradura. Con un leve chasquido la puerta se abrió. Las risas se seguían oyendo a lo lejos. Tanteó la pared pero no pudo hallar ningún interruptor por lo que a ciegas recorrió el pasillo hasta llegar a una intersección, que no recordaba que existiese la última vez que había estado allí. Escuchó con atención y dobló hacia la derecha. Las luces empezaron a hacerse más brillantes hasta que se encontró con su antigua pandilla. Los saludó, alguien dijo algo, pero no le prestaron demasiada atención.

Así que se sentó y esperó. Estaban jugando a la ruleta rusa con el arma del padre de uno de ellos. Les pareció divertido después de un par de cajas de cerveza. Nadie pensó que Ricky sería capaz de disparar sabiendo que la bala era para él, pues la ronda había terminado y sólo habían encontrado recámaras vacías.

El disparo reverberó dentro de su cabeza como esa vez; y la sangre los salpicó a todos. Algunos gritaron, otros sólo se quedaron mirando con expresión estúpida, mientras los sesos se escurrían por el pegajoso concreto del sótano.

Cerró los ojos e intentó borrar la imagen de su mente. La oscuridad lo invadió todo y lentamente entró en un sopor parecido a la muerte.

Por tercera vez abrió los ojos pero esta vez todo estaba bien. Lo primero que vio fue el cielo azul, interrumpido por nubes casuales. Los abejorros seguían zumbando y sólo habían pasado unos minutos desde que se hubiera dormido. Sonrió con alivio y se dispuso a levantarse; pero para su sorpresa los músculos no le respondieron. Asustado empezó a respirar aceleradamente mientras su corazón se desbocaba con miedo claustrofóbico. Algo estaba decididamente mal. Le dolían las manos y sentía que algo se le escurría por los puños.

Violentamente se incorporó y su frente golpeó contra una superficie acolchada. Ahora sí estaba despierto, más despierto que nunca, y se encontraba dentro de un ataúd a dos metros bajo tierra. Podía percibir el peso sobre su pecho.

Quiso gritar pero no pudo, su voz era sólo un graznido débil y gutural. Intentó golpear la tapa, pero se dio cuenta que sus manos y todo su cuerpo eran una masa putrefacta de hueso y carne.

Entendió también que no tendría otra oportunidad porque había cancelado el círculo antes de tiempo.

Volvió a cerrar los ojos y esta vez vio a la mujer de verde, que con solemnidad le decía:

- Mi pequeño cachorro. No luches, sólo ven conmigo. A veces las cosas no ocurren como quisiéramos pero eso no significa que estén mal.

Él asintió y sin miedo comenzó a seguirla a través del cementerio, que a esa hora estaba cubierto de rocío y las lápidas parecían los diente de un gigante muerto.

Gabriel se preguntaba, de todas formas, si no estaría soñando o peor aún, si no sería un personaje inexistente creado por una mente ociosa y macabramente rebuscada.

La mujer lo miró y le contestó:

- Todos somos seres creados por una mente febril, que una tarde de capricho y sin razón dejó volar su imaginación, convirtiéndonos en peones de un juego cruel y eterno.

 

(“Mar del Plata No Duerme”, 05:18)

 

Volver a Página de Cuentos     Envia tu comentario a correo_elastillero@ciudad.com.ar