Lo ácido y lo amargo

Autora: Veronica Spoturno 

Esto no es una reseña de cine (no acostumbro), sino una queja: ¿pára cuándo el estreno de La habitación del hijo, la última de Nanni Moretti? Me dice una amiga optimista que está programado para el 18 de abril, pero también se había dicho antes que iba a ser en febrero. En fin, mientras tanto, acá va la justificación de mi queja.

Basta de sermones, Caro Diario, Aprile, sólo por indolencia pueden clasificarse como “comedias”. Encarna Moretti a un sacerdote con contradicciones, se representa a sí mismo cuando le diagnostican un tumor y en la frustración de un perfeccionista (como todas las simplificaciones, estas son más erróneas que ciertas; son un recorte de un solo aspecto de la película que ahora tengo a mano, deformado además por mi perspectiva, pero bueno, haciendo una simplificación aún mayor pero esta vez sí más certera, la enumeración sirve para diferenciarlo, por ejemplo, de Roberto Benigni). En este punto y después de semejante paréntesis no es necesario, pero cierra y queda bien, decir que las llamadas “comedias” de Moretti son películas de una intensidad reflexiva poco común en el género (ya que marqué un alejamiento de Benigni, ahora podría decir que se acerca a Woody Allen, ¡el Woody Allen italiano! Esto me parece muy original por un momento, pero mi amiga cinéfila me baja de un hondazo y me dice que ya otros lo dijeron antes. Cosas de la ignorancia. Yo avisé: no acostumbro).

Tanto prometer el musical sobre el pastelero trotskista, en Caro diario y Aprile, para venir en el 2001 a despacharse con La habitación del hijo, un “drama”. Ver para creer: en el mismísimo Abasto me di el gusto de verla, una tarde de febrero (era un pre-estreno, en el marco de “La semana de la crítica”). Me pareció de una sensibilidad casi indigerible. Se le queda a uno dándole vueltas y vueltas mucho después de que los talones se alejaron de la sala. Así como el humor irrumpe en otras películas, sin que el contexto esté preparado para el chiste, acá la tristeza adviene de pronto, no es esa pegajosa lágrima que te untan los novelones (por ejemplo). Y cómo puede ser de otra manera: un hijo se muere, justo cuando a uno ya le empieza a dar escozor la foto de familia perpetuamente feliz y sonriente. Lo más interesante de la película sucede en esa segunda mitad, la primera  sirve como cuadro contrastante. Entonces aparece lo más densamente humano: la fragilidad; la culpa (injustificada, claro) a sí mismo y a los otros; el dolor crudo; la estupefacción ante la muerte (Giovanni, psicólogo, debe dejar de atender a sus pacientes, al no poder atenderse a sí mismo). La imagen final muestra a la familia (lo que resta) caminando en círculos sobre la arena.

Las lágrimas suelen ser tan cursis en el cine. Muchas veces se suceden “golpes bajos”, en una búsqueda del llanto express en el público. Parece ser que en algún momento quienes están en el bisnes pensaron que así las imágenes se fijaban mejor (una versión de “la letra con sangre entra”) y exprimieron el recurso en films vacíos pero lacrimógenos, películas cebollescas. Nada de eso hay en La habitación... , sí un dolor crudo que sobreviene de una manera totalmente chocante en un contexto bastante rosa. ¿Estará ahí el porqué de que los distribuidores todavía le estén dando vueltas al estreno, como pasó con Caro diario? (sobre esto último, lo leí en una Inrockuptibles del ’96, que parece gente seria, no como una).

El 16 de febrero, Clarín publicó una anécdota reciente sobre él. Dos líderes de la izquierda en Italia lo invitaron a hablar a la multitud reunida ante ellos. Moretti hizo una jugada inesperada: criticó a los mismos dirigentes que le cedieron la palabra, con bastante dureza (vale la pena entrar a la página del Clarín de ese día para tener una visión más completa). La anécdota sirve para hacer un paralelo con su manera de acercarse al humor o, desde ahora, el drama: siempre inesperada, nunca condescendiente. Hay (espero que haya este mes de abril) una nueva de Moretti para quedarnos perplejos.

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