EL POBRE MILLONARIO

Autor: Rubén López

  

        A pesar que el cura Ángel Custodio prohibió descansar y pedir monedas en las gradas de su templo, el mendigo de labios entreabiertos se quejaba de nuevo en que su sombrero estaba vacío (la verdad era que a cada instante se escondía la plata) mientras adentro el cesto de la iglesia se llenaba de monedas y billetes. Había sacado un inmenso beneficio monetario y afectivo de una enorme llaga en su pie derecho.

       Se santiguó cinco veces con un billete de mil dirigiendo su mirar nublado hacia el alto resplandor del mediodía. Era la hora del almuerzo pero prefirió quedarse extendiendo su mano a lo único que para él valía la pena en el mundo. Sus harapos no daban la menor sospecha de que el viejo Asepio, reconocido mendigo de La Felicia, era millonario y no disfrutaba de su fortuna ni la invertía.

     El atrio de la iglesia le resultaba más rentable que la jardinera del Parque los Fundadores, donde antes permanecía sentado con un líchigo bajo el brazo y parpadeando constantemente para ayudar a despertar la conmiseración. Oprimía con su figura andrajosa, con su mirar suplicante, con su voz trémula y apagada, con su mano larga y raquítica que no vacilaba en levantar, con sus insultos cuando no le daban. Y a los más ingenuos les hacía exigencias cada vez mayores, inclusive una colaboración hasta de cinco mil pesos para comprarse un pollo y poder alimentar a su familia de lagartijas.

     El reloj de la iglesia marcó las seis de la tarde. El viejo Asepio depositó todo su tedio en el bolsillo hecho a la medida de la pobreza y se fue camino de su caído rancho de tapia revestida de boñiga y techo de palmeras en la Calle del Níspero. Le abrió uno de sus nietos, al que no saludó. Se fue directo al comedor y empezó a bostezar.

     —Hambre no es porque hace quince días me comí una mora ¾dijo.

   Su desflecada mujer le sirvió una humeante sopa de arroz sin carne. El viejo Asepio la ingirió con parsimonia y lástima. Apenas el día se vistió de negro le ordenó a su mujer y sus nietos acostarse para economizar luz. Se dirigió a la pieza de rebujo, sacó las llaves de un bolsillo de su raído pantalón, abrió la puerta, prendió una vela, entró y le echó llave a la pieza.

     Pasadas dos horas su mujer le tocó a la puerta para anunciarle que la nueva vecina había venido para ofrecerse en lo que pudiera servir. A pesar que la vecina no estaba acorde con la costumbre, el viejo Asepio no se apartó de su secreta actividad. Y cuando calculó que se había marchado salió de la pieza y le preguntó a su mujer que se hallaba acostada en la cama:

     —¿Y cómo se llama la que vino?

     —Doña Matilde —respondió enojada su mujer.

     —¿Y prestará platica?

     Esta vez su mujer no contestó y se volteó contra la pared, acostumbrada a la misma murmuración de su marido cada vez en que éste conocía a alguien. El viejo Asepio se encerró otra vez en la pieza de rebujo y prosiguió con su actividad. A la medianoche salió de allí como un ladrón clandestino y por vez primera se percató que las horas nocturnas ya no le resultaban suficientes para tan dispendiosa labor.

     A su avaricia de ojos borrados y aspecto lastimero no le bastaba con el entierro que se había sacado treinta años atrás y que el buscador de tesoros Crispulo Buitrago, con su intuición de zahorí, habría envidiado. En aquel entonces la pala de uno de sus trabajadores tropezó con una caja de metal, y al ser informado de ello por el propio albañil, Asepio le hizo desviar la excavación:

     —No siga por ahí. Siga por allá —le dijo señalándole con el dedo un lugar alejado.

     En el menor instante en que vio la oportunidad de no ser visto, Asepio apartó tierra con un azadón y medio inspeccionó el cofre. Entonces supo que era enorme y sospechó que encerraba algo que cambiaría radicalmente su hilacha de vida.

     —Ya pueden irse a almorzar —les dijo a los tres albañiles que había contratado, a pesar que eran las once y veinte de la mañana.

     Los albañiles, habituados a salir a almorzar a la una de la tarde, abandonaron la construcción con el asombro reflejado en sus miradas, ya que Asepio les robaba tiempo y en cambio se enfurecía si llegaban dos o tres minutos tarde y otras veces no les permitía salir argumentando que había mucho trabajo por hacer y que en ese caso les daría plata para que comieran algo en la tienda de la esquina. Eso sí: no más de quince minutos.

     —Pero ¿qué compramos con quinientos pesos? —le preguntaban, a la vez, desconcertados.

     —¡Mecato! ¡Mecato! —contestaba fingiendo estar disgustado.

     Estando a solas, Asepio se valió de pico y pala y desenterró el cofre. En el momento en que pudo abrir la crujiente y oxidada tapa sus ojos borrados se abrieron y se encendieron. Y prometió no volver a trabajar nunca más, pues cualquier trabajo le disgustaba y cuando lo asumía no paraba de rebuznar.

     Pero la sospecha invadió al albañil que se topó, mas no descubrió, la «cosa metálica». Sospecha que se le acentuó al regresar en la tarde y percatarse de que su hallazgo ya no estaba en su lugar. Únicamente el agregado de la finca de Asepio vio a éste perderse por la quebrada con una gran caja de hierro a sus espaldas, hecho que le asombró sobremanera ya que ni dos hombres muy fuertes habrían podido con el cofre. Así que el trabajador le hizo notar con discreción:

     —Mire patrón, usted debió haber encontrado algo grande, muy grande. Téngame en cuenta, pues aunque no sé exactamente qué había en ese cofre, yo lo vi primero.

     —No se preocupe —le persuadió Asepio con voz susurrante. Y abriendo los ojos y poniendo el índice en sus labios agregó: —Quédese callado y no se arrepentirá.

     Al día siguiente las manos callosas y gruesas del albañil recibieron un crucifijo de oro, con el cual Asepio obtuvo su silencio cómplice ante los dos albañiles restantes, quienes prosiguieron en la construcción de la casa sin sospechar siquiera en que allí habían encontrado el más grande tesoro jamás descubierto en La Felicia.

     Con todo, Asepio pensaba en que la ambición no rompe el saco y se dedicó a pedir.

     En las noches se encerraba en la pieza de rebujo para admirar su fortuna, pues su vida se reducía a pedir y a contar plata. Y en lugar de dar o prestar prefería que los billetes se pudrieran en los costales de cabuya y que las monedas se oxidaran en los cientos de tarros de aluminio.

     En una vejez en que nada le complacía, salvo atesorar, en el invierno de la vida, se sentía muy infeliz no obstante el tener muchísimo dinero. Le angustiaba la soledad que a él no le servía de refugio y hogar y ello se reflejaba en su tono de solitario que no se sabe escuchado. Ni siquiera su nieta Zoila, que se preciaba de ser muy compasiva, atendió a su demanda para que lo acompañara en su última estancia en la casa de campo. «Es tan pobre que no tiene sino plata», pensaba de su abuelo.

Una mañana de octubre presintió su fin y se acostó en su cama de madera ordinaria a esperar la muerte. «Sin nada vine a este perro mundo y sin nada me voy», se dijo para sus adentros. Sin embargo, cuando agonizaba con esa mueca inevitable de los muertos, su desflecada mujer entró a la habitación y el viejo Asepio estiró como una garra su mano y apretó un billete de mil pesos que tenía sobre el nochero. Y pensó en que mientras dure su agonía la mujer haría lo mismo de siempre cuando él dormía: esculcarle los pantalones y comprar para darles qué comer a los hijos y nietos. Pues ¿no hacía él cocinar un hueso en agua hasta al cabo de las semanas sacarle toda la sustancia?

     De modo que extrajo fuerzas no se sabe de donde y se incorporó en la cama, pateó la bacinilla, se puso la misma ropa de siempre y los zapatos al revés, y se aseguró en que no le faltaran en sus bolsillos los billetes arrugados; y sin importarle las protestas airadas de su mujer se largó para la finca en la que no tendría un regazo para reclinar su cabeza al morir.

     El agregado de la finca, que siempre lo veía dirigirse con su líchigo colgando del hombro por la quebrada de aguas mansas y vegetación herbácea, le manifestó con voz templada y pausada en su lecho de moribundo:

     —Don Asepio, usted tiene toda su riqueza enterrada. Y le están sacando el entierro.

     —¡Cuál! —exclamó levantando de la mugrienta almohada su cabeza encanecida, con ojos chispeantes y desorbitados—. ¿El del chocho o el del níspero?

     —El que está por la quebrada —respondió en tono burlesco el agregado. Y salió de la habitación sin decir más palabra.

     El viejo Asepio se quedó maldiciendo:

     —¡Ladrones! ¡Bandidos! Ahora sí me enterraron del todo. ¡Buitres! ¡Chandas! ¡Infames! ¿Qué será de mí sin la plata y las joyas que me gané? Yo las necesitaba para llevármelas al cielo aunque no las compartiera con los angelitos. Ya sin nada es como irme a los infiernos a arder en las sartenes de los demonios. ¡Ahora sí me llevó el Patas! Pero no. Esto no es un purgatorio. Tampoco un infierno, noo. El infierno está aquí, en la tierra, y no en el «más allá». ¡Criminales! ¡Infames! ¡Desagradecidos ... !

     Y a la par que la muerte con su boca indolente se posaba cual chapola negra sobre el viejo Asepio, esa misma noche el agregado se fue bordeando la quebrada y guiándose con una linterna, y a pico y pala desenterró los dos tesoros: uno al pie del árbol del chocho y el otro, más grande aun, junto al árbol de níspero.

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