PROYECTO SHAKESPEARE

Autor: Alejandro Mármol

 

Hamlet. "Sólo el conocer bien a un hombre sería conocerse uno mismo". Apenas esta afirmación deslizó William Shakespeare en boca del príncipe para sugerirme una alternativa, para descubrir un atajo, para seducirme con el señuelo. Abandoné la lectura. Definitivamente esas palabras, filosas como la hoja de una navaja, eran lo que estaba buscando, quizás sin plena conciencia, tanteando en la oscuridad.

El cuento que pensaba escribir no me interesaba en absoluto, pero descubrí que conocer bien un personaje sería exactamente igual que conocer bien un hombre. La tarea me pareció desmesurada, me lo sigue pareciendo, pero de todos modos me aboqué por completo a ella. No podía evitar hacerlo. Llegar a conocer bien un personaje podía resultar más revelador que un espejo, incluso más mentiroso y compasivo, con sinceridad imposible.

Prisionero en esta única idea, egoísta y absoluta, mi proyecto Shakespeare, me encaminé al bar de la holandesa para abandonar en el olvido algunas horas. En el bar solían hallarse respuestas o complicarse hasta lo indecible las preguntas, pero frío y ajeno a estos conflictos ese era mi lugar y no merece la pena más detalles al respecto. Si de alguna manera uno trata de ser sincero, me limitaré a reconocer que la remota posibilidad de conocerme me aterraba, pero la certeza de la imposibilidad del éxito me otorgaba cierto margen de juego gratificante, y aunque no pretendo explicar bien porqué, conmovedor.

Mientras procuraba ordenar las ideas concentré mi mirada en la holandesa que servía un plato de arroz frito con bananas en la mesa vecina. La pregunta, además de absurda, era inevitable, ineludible: ¿sería posible conocer a esa mujer maciza y rubia, de pelo corto y rostro rectangular, que a miles de kilómetros de su país pasaba un trapo húmedo por la mesa pegajosa y luego secaba su nuca junto al ventilador? Tantas veces me había repetido preguntas similares que con el tiempo sus respuestas esquivas y truncas habían terminado por parecerme suficientes.

Entre los contertulios del bar se tejían mas mentiras que verdades sobre la holandesa que cinco años atrás había llegado como turista a la ciudad. Lo cierto es que su alma era insondable. Un año nuevo, cuando los sucesivos brindis habían terminado por derrumbar las intangibles pero gruesas murallas que la protegían, susurró que su vida era aburrida y deleznable, quizás por eso detestaba recordarla. En el transcurso de un viaje se había enamorado del armenio, el auténtico dueño del bar, y simplemente se había ido quedando, postergando la partida, hasta que definitivamente se instaló con él en la trastienda. Su relato omitía los años de convivencia, aunque todos rememorábamos con tenue sonrisa fogosas escenas de europea desinhibición. Eran los días en que forzosamente alguno de nosotros debía hacerse cargo de la barra por al menos dos horas cuando despreocupados desaparecían. "El amor terminó", eran sus palabras; advirtió que su visa había vencido, que sus papeles no estaban en regla, que su pasaje de regreso había caducado, y que no disponía de dinero para comprar otro. Pensó en pedir ayuda a su familia en Holanda, confesó, pero las explicaciones la aturdieron por adelantado. Después sus palabras copiaron el tono de resignación de su gesto, continuó trabajando, el bar no le disgustaba y en ningún sitio la aguardaban con la vehemencia necesaria para iniciar el movimiento. Además, se desenvolvía perfectamente con el idioma. Así resumía, aquella noche de fin de año y algunas otras, con pocas y hoscas palabras, todo un ir y venir, toda una existencia incomprensible, todo un enigma que me obligaba a dudar del proyecto en el que me habían embarcado.

¿Sería factible conocer a esta mujer?

Además, conocer bien a un hombre, a un personaje, o a uno mismo, ¿no sería en definitiva conocer bien la humanidad?

Intuía que mi propósito, obviando esta dispersión inicial, me demandaría mucho tiempo, demasiado, aun sin disponer de una idea clara acerca de lo que pensaba enfrentar. Las dudas que me limitaban eran obvias, evidentes: ¿Cuál es el instante en que uno se atreve a afirmar que conoce a un personaje, a un hombre...? ¿cuales son las herramientas en que se basaría tan descabellada afirmación?.

Para no sucumbir en mi proyecto antes de iniciarlo comencé el boceto de mi personaje alejándolo lo más posible de mí. De todos modos no me atreví a una mujer. El hombre se llamaría Julián, cuarenta y tres años de edad bien llevados, casado, una hija de once y una de ocho. La esposa, Ana María, de treinta y nueve años, linda mujer, independiente, ama de casa pero no en el estilo tradicional, jovial, predispuesta a improvisar, compañera.

Julián trabaja para una de las empresas areneras de los suburbios como empleado administrativo, aunque en determinadas oportunidades es requerido en el depósito para los recuentos de herramientas y maquinarias diversas. El sueldo le alcanza aunque siempre supone que debería ganar más por las responsabilidades que afronta. Está tranquilo, aunque siente cierto temor al despido desde que cumplió los cuarenta años y quizás dio un sutil vuelco a la obsecuencia. No es demasiado exigente con si mismo y tiene cierta propensión a la autocomplacencia. El matrimonio funciona bien y sexualmente forman una pareja muy activa.

Las hijas cursan los estudios primarios. La casa es propia aunque todavía debe cuatro años de cuotas en el banco.

Hasta acá una escueta descripción primaria para entrar en clima, pero también el punto inicial hacia la cadena de hechos que se sucedieron luego.

Procurando una mínima sinceridad es justo reconocer que para tomar un parámetro real de lo que pretendía definir copié el aspecto físico de un vecino. Luego, recapacitando, incorporé un nuevo giro en el proyecto y tomé la decisión de someter al individuo a las mismas situaciones que mi personaje para comparar reacciones y aventurar resultados. El vecino no fue elegido al azar; tramposamente lo señaló la providencia situando a un buen amigo en el mismo sitio de trabajo.

El plan básico, por denominar de alguna manera a los devaneos inconsistentes a los que me veía arrastrado, consistía en delinear una trama, un hilo conductor, y hacer transitar por el mismo sendero a mi personaje y a mi vecino. Especular sobre las reacciones y luego confrontarlas con la "realidad". Según el plan, en su versión optimista, junto a la palabra fin del cuento estarían las respuestas a todas las preguntas jamas formuladas, estaría capacitado para reconocerme a mí mismo y por ende a la humanidad. Pretencioso el proyecto Shakespeare, tan desaforado incluso que minimizaba los riesgos de depresión por fracaso.

Con estas inconsistentes premisas desarrollé en forma apresurada un posible plan de acción. Necesitaba tener en claro al menos uno o dos de los futuros acontecimientos para moverme sobre un terreno conocido. Sin demasiada imaginación, intoxicado sin lugar a dudas por las interminables discusiones en el bar sobre el tema, me incliné por un robo, simple, sin violencia. Desconocía por igual a mi vecino y a Julián, por lo que someterlos al hecho delictivo me otorgaría una primera y efímera presentación que quizás me ayudase como punto de partida. Eso supuse, reconozco que con ingenuidad, y sobre esa base comencé a jugar.

Resulta sorprendente lo sencillo que es planear, escribir y describir un robo, y por el contrario, la variedad de complicaciones que surgen al intentar llevarlo a cabo. El delito tenía una particularidad que supuse tan importante como indispensable: la cosa sustraída no debería tener valor monetario sino causar serios problemas al personaje. Con ese único objetivo claro, después de mucho investigar e indagar, descubrí que tanto Julián como mi vecino, al terminar el mes trasladaban todos los comprobantes de facturación desde la oficina al estudio del contador. Estos papeles, sin valor alguno, son de vital importancia para la contabilidad de la empresa. Delineando, abocado a los bosquejos preliminares, pensé en un arrebatador, pero me pareció poco atractivo. Finalmente me decidí por la distracción. El engaño, en el sentido más amplio que la palabra sugiere, excede el conflicto y hiere, provoca. Por ese costado se mostraba más tentador inmiscuirme en mi personaje.

La semana que me separaba del ansiado día transcurrió sin sobresaltos. Por ventura hubo un robo en el bar que me privilegió con unas cuantas discusiones y definiciones que supuse me serían muy útiles a la hora de definir los sentimientos de mi personaje. De mi vecino sólo logré averiguar que lo llamaban Nito, que en la empresa era un empleado de los que transitan desapercibidos, de los mal llamados grises, y que en apariencia su vida social transcurría relajada. Su carácter hermético había dado origen a cierta fama que, afirmo, poco tenía que ver con la realidad.

Ese día, Julián salió de la oficina alrededor de las once. Si bien le molestaba cumplir esta tarea que consideraba de cadetería, le agradaba el hecho de salir a la calle en pleno día, espiar de reojo alguna vidriera, quizás tomar un café con leche en algún bar leyendo el diario. La visita al contador era una pequeña rutina mensual que con timidez quebrantaba la rutina diaria. Julián tomó la caja con los comprobantes y ganó la vereda. Caminó dos cuadras hasta el malecón y luego otras dos cuadras que lo separaban de la boca del tranvía, que en ese sector de la ciudad es subterráneo, y que lo acercaría al barrio del centro. Mientras aguardaba compró el diario, lo dobló y lo acomodó bajo su brazo. Paseó su vista por la tapa de las revistas hasta que el sonido del tren comenzó a hacer temblar el piso y la gente súbitamente se arremolinó al borde mismo de las vías. Consiguió asiento y ubicó la caja bajo sus piernas. Mientras el letrero electrónico anunciaba el avance de las estaciones se distrajo con una muchacha que tenía la vista perdida en la ventanilla y recordó con vaguedad un cuento que había leído muchos años atrás. El cuento se centraba en un juego íntimo donde el protagonista pretendía cruzar una mirada entre su reflejo en la ventanilla y el de una muchacha sentada enfrente. Este recuerdo lo puso de buen humor, sin saber bien porqué. Incluso pensó en leer nuevamente ese cuento pero no recordaba el nombre del libro, ni el autor. También recordó a su amigo Miguel, que era quien lo había incitado en su juventud a la lectura. Una sucesión de imágenes del pasado lo absorbieron y le dejaron un sabor amargo en la garganta. Hacía años que no sabía nada de Miguel pero de todos modos no estaba seguro de querer tener noticias. Fugazmente cruzó los ojos con la muchacha de la ventanilla y se dispuso a descender.

Enfrentó con buen humor la luz del sol y la gente del centro. El estudio del contador se encontraba apenas a una cuadra y luego podría disfrutar al menos media hora sentado en la mesa de algún café degustando con placer esos minutos robados. En la esquina un hombre lo detuvo y le colocó un frasco de Shampoo en la mano.

Este Shampoo es de regalo... - Le dijo antes que Julián atinara a negarse. - ... junto con esta crema de algas y esta crema de enjuague con fragancia a durazno. - Continuó, obligándolo a tomar los tres frascos. Julián dejó la caja de los comprobantes entres las piernas y miró lo que le obsequiaban.

Este desodorante también es un regalo. - Agregó el vendedor, sonriendo, mientras lo entregaba y comenzaba a buscar un quinto obsequio dentro de su portafolios. - Es decir que te llevas de regalo un shampoo, una crema de enjuague, una crema de algas y un desodorante, sólo con la compra de este perfume de mujer con el que podes quedar muy bien con tu mujer, novia, hermana o madre.

Julián sonrió burlándose de si mismo y preguntó sin demasiada confianza el precio del perfume.

Veinte no más. Es menos de lo que cuesta en las perfumerías y además te llevas todo lo que tenes en la mano de regalo.

No gracias.- Respondió Julián.

Pero es una oferta que no te podes perder, sólo lo que te regalo cuesta veinticinco.

No gracias.- Repitió Julián e hizo el gesto para devolver los frascos.

Bueno, quince. Sos la primer venta y quiero empezar bien el día.

No gracias.- Insistió Julián cambiando el tono de voz y demostrando fastidio.- Agarrá los frascos por favor.

Vos te lo perdes. - Contestó el vendedor que acomodó los frascos en un bolso de cuero marrón y velozmente se perdió en la boca del tranvía.

Cuando Julián comprendió era demasiado tarde. Incluso había comenzado a caminar sin advertir que la caja hacía varios minutos que no estaba entre sus piernas. Retrocedió sobre sus pasos y miró alrededor con la mirada desorbitada pero no vio nada. La gente transitaba a su alrededor y alguno llegó a empujarlo recordándole que obstruía el paso justo en el sitio donde la vereda se angostaba.

Maldijo en voz alta y caminó hasta la calle. Se preguntó, sin afán de respuesta, porque tenía que tocarle justo a él y pensó en el chasco que se llevarían los ladrones al descubrir que sólo habían obtenido papeles sin valor. De todos modos, esto no lo aliviaba. Luego volvió a hundirse en el subterráneo y a adivinar las palabras que el jefe le destinaría aunque reconociera que Julián nada había podido hacer. Imaginó todos los diálogos, las preguntas y las respuestas. Cuando el tren llegó a la estación y las puertas se abrieron ya había decido mentir que le habían arrebatado la caja desde una moto.

Para someter a mi vecino a esta misma situación resulta evidente que necesitaba la ayuda de un amigo, de un cómplice. La elección no resultaba sencilla ya que me vería en la obligación de explicar mis planes a un tercero que de alguna manera debía compartirlos y por cuestiones de edad (todos superamos los treinta), la gran mayoría de los que frecuento son padres. La paternidad es incompatible con el proyecto Shakespeare por el simple motivo de que los padres realizan la misma tarea con sus hijos, sólo que sin el marco teórico. El fracaso de la humanidad en este sentido (no es idea mía que casi la totalidad de los padres se jactan de conocer perfectamente a sus hijos, enceguecidos por su propia mentira, e incapaces de reconocerse a sí mismo como hijos de un padre que por completo los desconoce) me hizo sospechar sobre la existencia de un punto de inflexión después del cual, al igual que un padre, comenzaría a convencerme de mi absoluto conocimiento sobre Julián e incluso sobre mi vecino, quizás también sobre la holandesa, aun cuando la verdad se encontrará más lejana y desdibujada que en el momento del inicio.

Viene al caso, aunque sólo sea en lo anecdótico, confesar que entre los que tantee para compartir el proyecto se hallaba una amiga psicóloga que luego de escucharme con suma atención y gesto circunspecto, se limitó a decir que lo que intentaba era suplantar un hijo con el personaje de mi cuento. He de confesar, aun a riesgo de una posible enemistad, que de antemano sabía lo que iba a decirme, sólo que no soporto la tentación de observar el gesto adusto de la seguridad en el momento de sentenciar exactamente lo que pienso y porqué. Los psicólogos quizás sean las personas mas patéticamente queribles de este mundo, afirmo, por mi cuenta y sin ánimo de polemizar.

Retomando la cuestión, todo padre tiene un hijo quizás con la única e inconsciente necesidad de conocerse a sí mismo, por lo que mi sector de búsqueda quedó francamente limitado a sólo unas dos o tres personas, incluida la psicóloga, entre las cuales debía moverme con mucha calma. Tampoco deseo exagerar sobre el tema, así que una vez descartados los padres y futuros padres, hallé un fiel cómplice en Nick, quien aceptó gustoso, quizás mas entusiasmado en compartir algo que lo distrajera un poco de su realidad que por el proyecto en sí.

Nick era australiano, de Sydney, y había llegado un día al bar de la holandesa completamente ebrio. Esa primer noche perdió la conciencia por completo y el armenio lo acomodó sobre unas sillas para que no pasara la noche a la intemperie. Desde ese día, todos los días, aparecía con religiosidad exasperante cerca de media mañana y comenzaba a emborracharse lentamente, fumando sin tregua, hasta que la noche lo vencía y lo abandonaba en algún sitio, siempre distinto, siempre sucio y caluroso. Nick había emigrado de Australia cuando los médicos le confirmaron que su cáncer era terminal; el sólo hecho de pensar en la misericordia o la piedad de amigos y familiares le habían dado nauseas. A sus cuarenta y cinco años buscó en el mapa el lugar más absurdo donde ir a morir en paz en medio de la indiferencia y así llegó un día al bar, donde fue recibido y tratado conforme a sus deseos. Todos conocíamos a Nick y a su cáncer, incluso lo habíamos estudiado con detenimiento en las radiografías que siempre llevaba con él, pero con sinceridad a nadie le importaba demasiado. Con su barba cortada a jirones, caminando encorvado, acodado siempre en alguna mesa donde las conversaciones se truncaban al quedar dormido, Nick se había transformado en parte del mobiliario. Su mérito mayor, si creyera en la necesidad de buscarle alguno, era sin dudas la niebla con que había cubierto su pasado. Nadie sabía nada de él exceptuando el cáncer, la nacionalidad, y que era el único que jamas había intentado acostarse con la holandesa.

Cuando le expliqué el proyecto Shakespeare y la necesidad de su colaboración, me observó sorprendido y murmuró algo en un ingles incomprensible. Luego sonrió y aceptó gustoso. Su presencia era desagradable, pero le había tomado un incomprensible cariño. Un muchacho que vivía de las propinas del bar ayudando a la holandesa en todo lo que surgiera fue el segundo cómplice que obtuve.

Mi vecino no parecía disgustado cuando salió de la oficina y comenzó a caminar las dos cuadras que lo separaban del malecón. Avanzó con calma, no lento, permitiéndose distraer la mirada en las vidrieras y girando la cabeza para observar una chica desde atrás. Saludó al canillita de la esquina y cruzó unas pocas palabras acerca de la muchacha que había atrapado la atención de ambos. Era linda, de esas que caminan sueltas, de las que invitan al sueño, de las que simulan llevar su juventud y belleza con indiferencia. Si algo bueno tenía la ola de calor que azotaba la ciudad era la liviandad de las ropas de las jóvenes.

Me sorprendió que tuviera fichas para el subte. Mi vecino tenía un automóvil y según me había comunicado mi informante muy pocas veces realizaba diligencias laborales. Sus familiares vivían en las afueras, por lo que no existía un motivo para la compra adelantada de los cospeles. Supuse, en un principio, que quizás fuera azaroso dicha tenencia, pero cuando debió cruzar el molinete a su regreso, después del improvisado robo, nuevamente hundió su mano en el bolsillo y afloró con una ficha entre los dedos. Su actitud era rutinaria, como quien usa el encendedor luego de llevar un cigarrillo a la boca, casi un acto involuntario. Me pregunté si mi vecino pertenecería al grupo de personas que siempre disponen al alcance de la mano lo que necesitan, sean monedas, herramientas, lapiceras, o pedazos de caucho quemado. Que poco sabía de él.

Descubrí entonces que para conocer bien una persona bastaría con conocer bien, aventurar con precisión, sólo una mínima reacción o actitud, por más insignificante que sea. Un pequeño acto era basto y suficiente. Advertí que lograr mi propósito se vería reducido sólo a comprender, adivinar y predecir una respuesta, sólo una respuesta. Bastaría con someter al protagonista, a mi vecino, a mí, a un mismo hecho sucesivamente, hasta lograr adivinar la reacción, la sucesiva reacción, el gesto siempre distinto frente a lo que aconteció, lo que acontece y lo que acontecerá. Repetir un mismo, obstinado y repetido estímulo con la predicción exacta de los infinitos efectos.

Pero este devaneo sucedió después. Mi vecino viajó en el subte cabizbajo, abstraído en algo inaccesible. Luego se puso de pie, cuando faltaban unos segundos para su estación, y descendió con velocidad. Quizás pensara en tomar un café finalizada su gestión, quizás pensara sólo en caminar y distraerse unos minutos con la calle atestada de personas, quizás pensara en retornar al trabajo bajo el ala protectora del aire acondicionado. Cerca de la boca del tranvía el falso vendedor de Shampoo intentó detenerlo pero fue imposible. Lo persiguió casi veinte metros procurando que al menos detuviera su marcha pero parecía contagiado de la demencia general y ni siquiera se dignaba a una respuesta. De alguna manera había previsto esta posibilidad, por lo que agotadas las esperanzas del engaño se procedió al plan alternativo para el cual mi segundo secuaz había sido instruido. Un golpe certero en la caja bajo el brazo bastó para que volara unos metros mas adelante y con coordinación militar Nick terminara por patear el bulto dentro de una boca de tormenta estudiada con anterioridad, y colmada de agua gracias a la complicidad del clima. Mi vecino sólo atinó a recuperar los comprobantes empapados y cuando quiso con la mirada encontrar a los que habían provocado el desastre ya era definitivamente tarde. Aun con medidas de emergencia, el plan se había llevado a cabo.

Para mi sorpresa Nito se sentó en el cordón de la vereda y encendió un cigarrillo. Lo fumó lentamente, gozando cada pitada. Luego se puso de pie y caminó hasta la boca del subte entremezclado con un enjambre de personas que lo ignoraban y que ni siquiera advirtieron que con naturalidad sacaba una ficha de su bolsillo y hacía girar el molinete.

Los resultados habían sido positivos, sin embargo no podía evitar un desagradable sabor amargo en la boca. Me sentí algo desilusionado al descubrir que no disponía de grandes datos que me acercaran a mi propósito. Esa tarde esperé adrede en la vereda, justificándome con la ola de calor que nos atormentaba, el regreso de mi vecino.

Calor. - Exclamé cuando pasaba a mi lado.

Insoportable. - Fue su respuesta sin detenerse.

¿Todo bien? - Alcancé a preguntar antes que se alejara.

Para que entrar en detalles. - Contestó sonriendo y levantando una mano se despidió.

Casi nada, ni siquiera un acercamiento. Dejé pasar unos minutos para disimular y retorné a mi casa. Mientras aguardaba el llamado telefónico de mi informante pensé en mi protagonista principal.

Julián llegó a su casa y sólo atinó a quitarse la ropa y ponerse cómodo. El calor resultaba agobiante. Mojó su cara y su cuello y sin secarse se sentó frente al ventilador. Su mujer le contó sin entrar en detalles las noticias del día mientras tomaba una botella helada de cerveza y se sentaba a su lado. Nada nuevo, nada especial.

Hoy me robaron. - Comentó sin demasiado énfasis. - Me robaron la caja con los duplicados de facturas que llevaba al estudio del contador.

¿Cómo fue? - Preguntó Ana María algo alarmada.

No me paso nada.- Tranquilizó Julián que había notado cierto cambio en el tono de voz. - Me hicieron un cuento... uno me distrajo queriendo venderme algo y otro me quitó la caja.- Resumió, quizás por el calor que lo asfixiaba, quizás para disimular la vergüenza al reconocer el engaño.

Bueno... al menos no te lastimaron... - Fueron las palabras que acompañaron la mano de Ana María que con ternura acariciaba la cabeza de Julián como si fuera un niño.

No te imaginas como se puso el jefe cuando le di la noticia. - Susurró y se arrepintió del comentario al notar que su piel volvía a estremecerse como si reviviera la escena.

Fue un accidente...

Si... pero viste como es la cosa... menos mal que le mentí y le dije que me habían arrebatado la caja desde una moto.

¿Para que le mentiste? - Preguntó Ana María y sus dedos se detuvieron en la nuca de Julián desconcertados.

Vos no entedes. - Respondió mientras se ponía de pie e intentaba disimular la lacerante sensación de soledad que le había provocado la quietud de los dedos en su nuca. - Si le decía que me hicieron un cuento es capaz de echarme a la calle de una patada en el culo. Ahora tiene que llamar al programador para que le permita reimprimir todos los comprobantes del mes nuevamente.

La noche impuso lo cotidiano. Cenaron escuchando las anécdotas de los hijos y pelearon por el control remoto del televisor. Por las ventanas abiertas de par en par comenzó a sentirse una brisa fresca que sofocó un poco el sudor. En el departamento de arriba parecía haber una fiesta, se escuchaban conversaciones truncas, algunas carcajadas y música de salsa.

En la cama sintió que la mano de su mujer hurgaba en su sexo y comenzaron a hacer el amor. Con los ojos cerrados se imaginó en el archivo de la oficina con la secretaria del jefe, sin palabras ni preguntas comenzaban a tocarse, luego descubría que ella estaba dispuesta... luego imaginó que sin intensión entraba al baño y encontraba desnuda a la prima de su esposa que los visitaría la semana siguiente, los pechos grandes y fuertes apenas oscilaban con el sobresalto, su mano insegura ni siquiera se proponía ocultar el pubis todavía húmedo. Observó a su mujer con los ojos cerrados y se preguntó con quien estaría gozando ella, luego se vio a sí mismo penetrándola y murmuró en silencio: pensa en quien quieras pero soy yo el que te esta cogiendo. Esta oración le hizo endurecer más aun el pene y sintió que estaba por eyacular. El orgasmo de Ana María definitivamente lo venció y quedó tendido sobre su cuerpo empapado en sudor. La besó. Ella le sonrió con ternura y le hizo cosquillas para que se moviera. Amaba a esa mujer por sobre todo en el mundo, lo sabía y no terminaba de agradecer a quien determinara los destinos por permitirle la dicha de su compañía.

Te quiero mucho. - Le dijo con emoción. Luego apagaron la luz y durmieron.

No sabes el lío que se armó. - Fue lo primero que exclamó mi informante cuando levanté el teléfono.

Contá. - Respondí ansioso de escuchar algo que pudiera serme útil.

Nito regresó serio a la oficina y caminó directo a la oficina del jefe a informarle que los comprobantes de facturación habían caído en una alcantarilla. - Comenzó a relatar con entusiasmo. - Los gritos que pegó el otro se escucharon en todas las oficinas, le dijo de todo menos lindo, te aseguro.

¿Y él? - Pregunté para que obviara los detalles que no me interesaban.

El nada... que iba a hacer. Soportó cabizbajo el griterío y el sermón y luego se fue a su oficina. Cuando le fui a preguntar, se limitó a levantar los hombros y a dibujar un gesto de resignación con la cara. En concreto no me dijo nada, ni a mí ni a nadie. Mañana van a rearmar toda la información para llevarla al contador pasado mañana. Aparentemente Nito va a ser el encargado de llevarla.

Pero él hizo algún comentario... ¿demostró bronca?... ¿insultó? - Insistí para avivar su memoria.

Nada, ya te dije... al menos a mi no me dijo nada.

El calor se transformó en el único tema de conversación. Desperté empapado sobre las sábanas revueltas y recordé vagamente la discusión de la noche anterior en el bar con una pareja desconocida acerca del bien y el mal. Quizás, contra todas las suposiciones, contradiciendo mis propias teorías sobre la incomunicación, el flagelo más grande de estos tiempos sea la estupidez. Sea como sea, y sin entrar en demasiados detalles vanos, procuré situar a Nito y a Julián en la noche pasada. Los imaginé sentados a la mesa, escuchando y opinando, argumentando sobre la superficial filosofía de estos tiempos. No logré creerles nada. Ambos se estereotipaban o se contradecían hasta lo grotesco, respondiendo a todos mis esfuerzos sólo con frustración.

Me di una ducha y me dispuse a salir. Tenía por delante un día decisivo en cuanto a acción se refería y no podía darme el lujo de desperdiciar minutos.

Mi vecino dejó la oficina después del mediodía y caminó hasta la boca del subte concentrado y manteniendo un paso firme. Sacó una ficha del bolsillo y apresuró el paso para alcanzar el subterráneo que estaba detenido en la estación. Lo perdí de vista. A pesar de que yo también disponía de un cospel me resultó imposible correr hasta el vagón sin que mi presencia resultara obvia y sospechosa. La espera del siguiente coche me resultó insoportable; la ansiedad y el temor me dominaron por completo al punto que llegué a dudar del sentido de todo lo que llevaba a cabo. Cuando al fin descendí en la estación del centro los acontecimientos se habían precipitado y Nito balbuceaba palabras mientras agitaba sus brazos frente a los comprobantes que nuevamente se perdían dentro de la boca de tormenta. Desde la vereda de enfrente lo observé repetir sus movimientos y sentarse en el cordón de la vereda. Me pareció oportuno incluir mi intervención.

Que casualidad... ¿qué haces sentado ahí? - Pregunté sorprendido.

Que haces... ¿vos trabajas por acá? - Preguntó levantando la cabeza sin ponerse de pie.

A veces... ¿todo bien?

Para la mierda. - respondió dejando un margen para la esperanza.

¿Qué te paso? - Ataqué midiendo mis palabras para que abrieran las puertas en lugar de cerrarlas.

Nada... unos infelices me tiraron una caja con papeles del trabajo a la alcantarilla.

Que cagada! - exclamé preocupado. - ¿Cómo fue?

No importa... no importa para nada. Bueno... a dar la cara.- Dijo mientras se ponía de pie y amagaba despedirse. Pensé mil cosas que decirle para estirar un poco la conversación pero nada me pareció digno.

Que te sea leve. - Fue lo único que atiné a murmurar mientras comenzaba a alejarse y sin duda eran las últimas palabras de la conversación.

A los pocos minutos Nick se acercó sonriente y sin hacer hincapié en las minucias me relató lo acaecido. En esta oportunidad los hechos se habían precipitado con velocidad: cuando Nito emergió de la boca del subterráneo, Nick, que conocía la inutilidad de cualquier intento de distracción o engaño, había golpeado la caja de facturas al corazón mismo de la alcantarilla.

Nick se encontraba sorpresivamente excitado con la aventura a la que se había dejado arrastrar y no escatimaba gesticulaciones para demostrarlo. Me dio pena dejarlo solo, así que acepté su invitación y trepamos al tranvía que nos acercaba al bar. Por otro lado, sentía deseos de alejarme un poco de todo y enredarme en una de las incoherentes discusiones de mesa a mesa. Quizás alcanzando cierta distancia lograra acercarme a la idea original, a lo que había sido en algún momento impreciso el puntapié inicial.

En el bar encontramos unos cuantos alemanes que bebían cervezas mientras se reían de las muchachas locales que se arremolinaban alrededor su mesa. Nick pidió un trago y rápidamente se alejó de mí para unirse a ellos. Desde una mesa junto a la ventana observé un hombre que salió de su casa, caminó apresurado, detuvo un taxi y lo abordó. Quedé extasiado observando el auto que se alejaba y me pregunte que pretendía realmente con mi supuesto experimento. ¿Quién era ese hombre que escapaba en un taxi? ¿Qué pensaba mientras observaba por la ventanilla los niños que mendigaban en el malecón? ¿Qué era lo que supuestamente pretendía conocer?

La holandesa me trajo un plato de arroz frito con pollo y una jarra de té. Una de las muchachas se sentó en las piernas de uno de los alemanes y permitió sonriendo que el hombre escabullera una mano bajo su falda. Los otros soltaron una fuerte risotada que sonó grotesca y Noni me guiño un ojo desde la barra, cómplice de lo que veíamos y adivinábamos como terminaría. Como era previsible la holandesa puso su cassette de Tracy Chapman y el aire se tornó reconocible, familiar y ameno.

Noni agitó un sobre que aprisionaba entre sus dedos y sonrió con la ternura de una niña. Improvisé un gesto de felicidad en mi rostro y se lo regalé, era lo menos que podía hacer por ella. Noni tenía treinta y seis años y estaba embarazada. Su novio, así lo llamaba ella, se llamaba Tilman. Era un marino holandés que había pasado varias semanas en la ciudad hasta que su buque volvió a zarpar. Se habían conocido en el bar y según sus palabras él la había observado toda la noche sin que ella lo advirtiera, hasta que finalmente tomó coraje, se aproximó, y le confesó que era la mujer más interesante que había visto en su vida. Noni acariciaba su panza que poco a poco iba creciendo, y aseguraba a todos que Tilman estaría de vuelta para cuando la niña naciera. El sobre que abrazaba con ternura seguramente era una de las cartas que el marino le enviaba desde los lugares más insólitos y recónditos del planeta. Por momentos, escucharla hablar, dejarla explayarse en libertad sobre sus planes para el futuro, resultaba tibio como una ducha en invierno, devolvía la sensación de arroparse entre las frazadas calientes una noche de lluvia y tormenta.

Pero en ese momento el calor era sofocante, y mi personaje vagaba a la deriva lejos de mí, incluso mas desconocido que en el momento previo a su existencia.

Julián tomó conciencia de su situación recién cuando la última factura se escabulló en la alcantarilla sin que él nada pudiera hacer. En un principio, cuando el muchacho pasó corriendo a su lado y en la atropellada golpeó la caja que sostenía bajo el brazo haciéndola volar y desparramarse sobre el agua, sólo atinó a indignarse y maldecir en voz alta, pero sin concatenar este hecho con el del día anterior. Cuando cayó en la cuenta de que nuevamente debería enfrentar a su jefe con la absurda explicación de lo acontecido sintió que un profundo abatimiento lo tomaba por asalto y lo obligaba a recostarse contra la vidriera de un local. Sin explicación recordó su deseo de tomar un café en algún bar y lo aborreció, se aborreció. Tomó el tranvía de regreso y durante el trayecto intentó buscar una explicación. Antes de regresar a la oficina caminó por el malecón y fumó un cigarrillo mientras observaba a los pescadores que con paciencia de araña tejían la red sobre la vereda. Algo debía pensar, pero no fue así. Simplemente se distrajo en las manos que con destreza manipulaban las sogas y dejó pasar varios minutos. Luego fue como si despertara y comenzó a caminar con pasos rápidos.

La holandesa cantaba las canciones de Tracy Chapman y su gesto parecía recorrer algún sitio pasado y lejano. Quizás recordara estacionar su bicicleta junto a algún canal en Amsterdam, o esos primeros años cuando el armenio la trataba como a una princesa. Quizás pensara simplemente en las compras que debía realizar para abastecer la cocina. Pero cantaba, cantaba bien, y uno no dejaba de disfrutar la música aunque se repitiera hasta el hartazgo. Noni leía la carta en la barra a una de las muchachas que había abandonado la mesa de los alemanes, y su rostro parecía de veinte años. La muchacha la escuchaba con atención y asentía. ¿Creería que en algún momento ella misma viviría una historia similar? En la mesa de los alemanes ya no había espacio para una botella mas, reían groseramente y se disputaban a la más bonita de las muchachas mientras las otras se limitaban a aguardar. Nick ya estaba ebrio y nadie le prestaba real atención a sus palabras. Pedí otra jarra de té.

De regreso en mi casa, mientras esperaba la llamada telefónica, pensé en como se estaría sintiendo Julián, que al regresar del trabajo encontró que sus suegros estaban invitados a cenar junto a su cuñada. Lo único que deseaba era estar solo, ni siquiera la presencia de Ana María le resultaba reconfortante. Mientras saludaba a todos con el tono más amable que logró, recordó los gritos que le profirió su jefe y el pésimo momento que había debido sobrellevar. Miró su reloj y pensó que por lo menos tres horas más se quedarían las visitas, tres horas donde procuraría deambular en la cordialidad. Después de todo la familia de su esposa no era culpable de la racha de mala suerte que lo golpeaba sin piedad. Se sirvió un vaso de cerveza helada y espió en la cocina lo que las mujeres preparaban.

¿Todo bien? - Preguntó Ana María en un momento que se encontraron solos.

No. Fue un día de mierda... pero no te preocupes, ya paso... disfrutemos la cena.- Terminó apresurado cuando su suegra se acercaba a preguntar algo sobre unas bandejas.

Su suegro le hizo un comentario de política. Justo en el momento en que pensaba responder sonó el teléfono.

- Lo despidieron. - Fue lo primero que me dijo mi informante, serio, quizás exageradamente dramático.

-¿Cómo que lo echaron? - Pregunté anonadado.

- Así como lo oís. El jefe no tenía uno de sus mejores días, estaba cruzado, perece... Cuando Nito le fue con la noticia de que otra vez los comprobantes se habían caído a la alcantarilla lo rajó a puteadas y lo echó.

No sabía que decir. Estaba sorprendido y además me molestaba el tono de voz que utilizaba mi amigo para ponerme al tanto.

-¿Él como reaccionó? - Fue lo único que atiné a preguntar sofocando mi rabia.

La verdad... como si nada. Salió callado del despacho del jefe, nos miró, no fue necesario que dijera nada porque sabía que todos habíamos escuchado los gritos, juntó unas cosas de su escritorio y se mandó a mudar.

¿No le preguntaste algo?

Si. Me acerqué y le pregunté como andaba, si estaba bien... Él dijo que si, que no nos preocupáramos y se fue.

¿Nada mas? - Inquirí fuera de mis cabales.

Nada mas, que querías que le preguntara al pobre tipo, además me sentía culpable porque sabía que todo lo que sucedía era injusto... imaginate que...

Esto no me sirve para nada. - Le grité seguramente exagerando un poco. - Es lo mismo que no existieras. - Y le corté.

Estaba fuera de mí, como se suele decir, aunque la expresión sea bastante ridícula. Comencé a caminar enloquecido de una habitación a la otra. Mojé mi cara y me acosté frente al ventilador. Por primera vez estaba desconcertado. ¿Porqué Julián le había mentido a Ana María y no le había confesado que lo despidieron? Julián también se hacía la misma pregunta mientras cortaba una rodaja de matambre y volvía a llenar su vaso de cerveza. De pronto había descubierto que la mentira, el ocultamiento, había surgido solo, independiente de sus deseos, y ahora se hallaba instalado en un sitio del que no creía que pudiera regresar. Cuando sus suegros y su cuñada se retiraron, ayudó a levantar la mesa y con pocas palabras se fue a la cama.

¿Qué paso? - Le preguntó Ana María mientras se desvestía.

Nada en especial, los problemas de siempre. No vale la pena entrar en detalles... tengo sueño. - Se descubrió diciendo y pensó que se desconocía por completo.

Al día siguiente, cuando sonó el despertador, se levantó y tomó una ducha como todos los días. Desayunó liviano y salió a la calle. Tomó el tranvía rumbo al centro y viajó despreocupado mirando por la ventanilla. La mañana era soleada pero el calor no resultaba agobiante aun. Una vez en el centro, caminó con tranquilidad deteniéndose en cada vidriera y luego encontró un bar que le pareció apropiado para leer el diario y tomar un café con leche.

Mi vecino no asomó la nariz fuera de la casa en todo el día. Me pareció determinante conocer que es lo que haría en su primer día de desocupado, cual sería su actitud, pero no lograba llegar a ninguna conclusión. Cerca del mediodía escuché la puerta que se abría. Su mujer salió caminando rápidamente y quince minutos después regresó con una bolsa que supuse llena de pan. No se oían conversaciones ni música, ni siquiera el diálogo inútil del televisor. Cerca de las ocho Julián regresó del trabajo. Ana María le sirvió una cerveza helada y él la tomó sentado en el umbral de su casa. Descubrió que ese día todo tenía un sabor especial. Estaba de buen humor, conversador. Comentó varias nimiedades laborales con su esposa y luego se ofreció a hacer la comida.

En el bar de la holandesa el tiempo se dejaba arrastrar sin oponer resistencia. Nick, acodado en la barra frente a un vaso de cerveza a medio tomar, me saludó con indiferencia, seguramente desde un sitio muy lejano al que nos había aliado en cierta complicidad los últimos días. En una de las mesas mi amiga psicóloga conversaba en tono secreto con una muchacha, la que finalmente había logrado su cometido con los alemanes, y cada tanto dejaban escapar una risa ahogada, burlona. Saludé ambiguamente alzando la mano y me refugié en una de las mesas que daban a la ventana. El calor volvía a ser agobiante.

Abrí un libro y lo acomodé frente a mí para evitar la compañía de algún conocido. No deseaba ni leer ni hablar. Simplemente procuraba hallar alguna clase de conclusión, aunque sin fundamentos, que me permitiera entender donde había llegado y hacia donde pretendía avanzar. Me concentré en el proyecto Shakespeare pero mi mente estaba en blanco, los devaneos se sucedían inconexos, manteniéndome distante de todo lo que pretendía fijar. Como siempre me distraje en el pasado de la holandesa, que recién advertía, había cambiado su peinado. Observé la palidez de su piel, sus piernas largas y sus pechos grandes y sueltos. Observé ese gesto de ausencia tan indescriptible, mientras le destapaba otra cerveza a Nick. Hubo un instante, imposible de medir en el tiempo, en que todo me resultó extraño. Se adueño de mi una terrible sensación de desconocimiento, un pánico inconcebible hacía la ausencia del cuerpo sin historia que ocupaba mi sitio en la silla y leía mi libro. Fue sólo un instante, efímero, intrascendente, pero que resultó vital al despabilarme y reconocerme. Traté de buscar la compañía de Julián pero resultó en vano. Mi vecino seguramente dormía. Me resignaba a sufrir el calor y beber hasta aclarar las ideas, cuando un amigo atravesó la puerta y caminó directo a mi mesa. Mi amigo deseaba festejar conmigo lo que consideró el hecho trascendental de su vida, al fin iba a ser padre. Era tal la alegría, el miedo o la expectativa que este hecho le provocaba que me libré a su suerte y decidí disfrutar de esa felicidad robada. Habló varias horas y confesó gran parte de sus planes. Por mi parte le obsequié el mejor de mis humores, y cada tanto, descubría a mi Julián en sus palabras.

La mañana siguiente amanecí renovado. Salí con Julián a recorrer la ciudad con ojos de turista y paseamos durante horas sin rumbo fijo. Me sorprendió que no se hallara a disgusto en su nueva situación y que aceptara la mentira con cierta indiferencia peligrosa. Pero no deseaba planteamientos. Procuré ni siquiera rozar su problema laboral y nuestros temas de conversación fluyeron libremente, saltando de un sitio a otro, relajados, amigables. Le relaté las sensaciones trasmitidas por mi amigo la noche anterior y rememoramos tiempos pasados donde Julián había vivido situaciones semejantes. Por su lado él me prestó sus ojos para redescubrir un paisaje desconocido de la ciudad tantas veces caminada. Cuando el calor se tornó agotador tomamos un helado frente al malecón. Al caer la tarde lo invité a beber una cerveza al bar pero él rechazó con cortesía la propuesta argumentando que era hora de regresar al hogar. Noté que, peligrosamente, Julián comenzaba a asemejarse a mi amigo futuro padre, pero me libré sin culpa de esa situación. Era consciente de que todo se había corrido definitivamente hacia un sector inaccesible donde ya no disponía de ningún control y nada podía decidir. Presentía también, mientras observaba a Julián alejarse a paso lento, que esa tarde había sido una calma despedida, que ya no lo volvería a ver ni a saber nada de él.

Mi personaje huía, se deshacía, se esfumaba en un accionar incoherente que a simple vista resultaba falso, pero ya nada podía ni deseaba hacer. En definitiva no tenía porqué pedirle mas que a otros personajes, meras compañías ocasionales, furtivas amistades de gran intensidad y escasa vida. El proyecto había naufragado en un mar de imprecisiones donde yo, como torpe titiritero, había enredado los hilos. Mis personajes me saludaban olvidados de mí, abriendo puertas a destinos que me resultaban por completo desconocidos, y donde ya ni siquiera podía aspirar a interponer un obstáculo.

Me encaminé al bar de la holandesa a brindar por mi difunto proyecto y lejos de dramatizar al respecto sentí un gran alivio. Shakespeare había tenido razón una vez mas, conocer bien a un hombre era conocerse uno mismo, conocer un personaje, agregaba por mi cuenta, sería como conocer bien a un hombre, y ambas, en definitiva, habitaban el insondable reino de lo imposible. Lo desmesurado de mi empresa me hacía sonreír.

En el bar aproveché para relatarle toda mi historia a mi amiga psicóloga, que me escuchó con suma atención y luego me sermoneó durante mas de una hora. Prometí visitarla en su consultorio a la brevedad y de todos modos intenté llevarla a la cama. Este pequeño fracaso pasaría desapercibido en el fracaso general.

La holandesa me informó que Nick me había estado buscando, y que finalmente ante la insistencia le había dado mi dirección. Según rumores, no muy alejados de la realidad, Nick ya no disponía de dinero y estaba buscando algún lugar donde albergarse. Preparando el monólogo que utilizaría para negarme con cortesía emprendí el regreso a casa temprano. No existía la más remota posibilidad de compartir mi departamento con Nick, y si bien me daba cierta pena dejarlo en la calle no estaba de ánimos para afrontar tan tremendo sacrificio.

Los dos móviles policiales que se encontraban en la puerta de mi domicilio me forzaron a abandonar los devaneos. La situación por demás confusa se presentaba de la siguiente manera: En la vereda, sin vida, estaba el cuerpo de Nick sobre una mancha de sangre que comenzaba en la cabeza; en uno de los móviles se hallaba sentado Nito, mi vecino, esposado y con la cabeza gacha; recostada contra la pared, víctima de un ataque de nervios, la esposa de mi vecino lloraba rodeada de vecinas que pretendían calmarla; varios policías tomaban notas e interrogaban a los curiosos. El arma homicida había sido un sifón que Nito había descargado, sin advertencia alguna, sobre la cabeza del borracho que había estado oprimiendo los botones de todos los porteros del edificio. Nadie lograba comprender la situación y el agresor se había sumergido en un mutismo absoluto.

Busqué entre las sirenas la mirada de mi vecino y la encontré. Sus ojos estaban muertos, helados. Cuando nos cruzamos reinó un silencio, súbitamente todo desapareció a nuestro alrededor y por un instante creí entender lo que pretendía decirme. Supuse que creía entender, no lo sé. Luego una ambulancia cargó el cadáver y los autos se marcharon junto a los ojos de mi vecino. En una hora todo había vuelto a la calma cotidiana.

Si íntimamente había asumido el fracaso de mi proyecto, este desenlace exótico terminaba por refregármelo en la cara. Una vez en mi casa terminé los apuntes que a nada conducirían y evalué los resultados. No merece la pena entrar en esos detalles.

En el bar nadie preguntó por Nick y todos asumieron con silencio indiferente que habría marchado a buscar su muerte en algún sitio más inhóspito. Un mes después apareció Tilman, el novio de Noni, y hubo una especie de fiesta en el bar. De todos modos su barco partió tres semanas después y no estuvo presente cuando nació la beba, Gabriela, tres kilos cien. El calor poco a poco fue menguando, y el tema de conversación general fue la cercanía del año 2000.

 

Isla Badadari, Indonesia, 12 de noviembre de 1998.

Buenos Aires, Febrero-Abril de 1999.

 

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